Citaba expresamente D. José Augusto Trinidad MARTÍNEZ RUÍZ, y así queda de manifiesto en alguna de sus obras; la satisfacción que le producía encontrar aún en la esencia de las mal denominadas cosas pequeñas, el rastro por otro lado casi olvidado que la cita que éstas lograban inferir de la rutina, le devolvía el sosiego que por otro lado acostumbraba a perder a menudo, sobre todo cuando de manera casi suicida, se embarcaba una y otra vez en la austera labor que en materia de éxitos puede esperarse del que se dedica fundamentalmente a intentar entender a los españoles.

Gustaba pues el que será más sencillo de identificar si acudimos al detalle con el que firmó sus múltiples y notables obras: Azorín, de entre otras cosas viajar en derredor de lo que por entonces se consideraba el prestigio de La Capital, y es entonces que se encontraba especialmente encantado de pasar jornadas en el ya por entonces Parador, si bien creo que por entonces todavía no Nacional, sino que debía su menester a la prebenda de algún santo.

Sea como fuere, que Azorín acude hoy a mi memoria no como en otras ocasiones por merecimiento capital, sino porque el recuerdo expreso de una cita extractada de uno de sus capítulos, como digo coherente con nosotros por el marco espacial en el que la misma es redactada, se ve hoy por hoy sabiamente refrendada en el paralelismo que sugiere la constatación de la exactitud también en materia de tiempo.

Cuenta Azorín que al pasar a menudo, en ocasiones temprano, en otras por ser de vuelta, ya cuando el sol amenaza caída; por las cuatro casas que arremolinadas en torno a la Parroquia se conocen como Ramacastañas; observa la peculiar escena una y cien veces repetida de un joven que golpeando el pocillo que hace las veces de jarra, vaso e incluso de escanciador, llama a los propios bien para que le entreguen, bien para que pasen a recoger, según la hora a la que ocurre el hecho, la caterva en este caso de marranos pues de tales se trata, de los que el joven adivina a ser Porquero de Villa.

Y es así que “al toque del porquero, los cerdos, de una u otra posibilidad, sumisos acuden”.

Serán no ya los casi cien años vividos por Azorín, como sí más bien el contexto histórico tan específico en el que tales vivencias pueden enmarcarse, lo que sin duda confiere rango de eminencia a una constatación que, puerilmente descontextualizada, para inmediatamente después contextualizarla en nuestro presente, adquiere rango de sentencia con visos de reminiscencia.

Porque si en el momento en el que la misma es proferida adquiere también formato de rigor la enunciada por el que es sin duda  uno de nuestros más eminentes doctores y científicos del momento; la cual viene a decir que “….así en España ha salvado más vidas el cerdo que la penicilina…” Será más que probable que hayamos todos de asumir la prestancia que la tradición aporta a las relaciones que los españoles han venido manteniendo con los cerdos; para posiblemente acabar reaccionando ante la consideración plausible de que efectivamente, tanto los cerdos como los españoles cohabitamos gozosos en lo que a todas luces se ha convertido en una auténtica pocilga.

En un presente hostil, en el que a los españoles ya no se nos reconocería, muy a pesar de MARÍAS, por nuestra cortesía; ni a los cerdos, para dolor en este caso de UNAMUNO, en los andares; lo único cierto pasa por tratar de entender no tanto el significado que tiene el dónde y el cuándo que ocupamos, como sí más bien el tratar de entender el sumatorio de causas que hasta tales extremos nos han traído.

En un presente en el que la fecha no tiene importancia, pues el contexto amenaza con fagocitarlo todo, quién sabe si para siempre;  tiene el imaginario de todos; sin necesitar entrar para nada en análisis ni desarrollos que todos adolecerían de pusilánimes en tanto que podrían ser refutados por unos y otros con toda facilidad; lo único que vengo una vez más, es a denunciar lo pusilánime en este caso del carácter de unos españoles, los que me con contemporáneos, que hoy por hoy parecemos no poner el menor remilgo a seguir hozando.

Porque si bien es cierto que la escena que Azorín describe tiene efectivamente una dosis de “romanticismo” a pesar de la “desnuda realidad” a la que hace mención; no es por otro lado menos cierto que si de acertar a pasar hoy por la fuerte referida, viéramos a jóvenes reunidos; la desazón, abulia, y desafección que el escepticismo ha logrado inducir en ellos, arrojaría un escenario ante nosotros muy propio de entonces, no aportando en consecuencia mucha diferencia el que la reunión derivada haya de ser considerada “de grupo”, o más bien de caterva, hecha la distinción en la medida de la naturaleza de los integrantes.

Sea como fuere, el hilo conductor que lucha por dotar hoy de coherencia a lo que habitualmente acaba por ser poco menos que una desabrida disposición de conceptos que de ser expresados oralmente en lugar de a través del refugio que el papel proporciona, sin duda se convertiría en una procesión de exabruptos; aparece claro cuando una vez más hemos de hacer pie en este mar de sinrazón apoyándonos en el firme que nos proporciona saber que muchos de los males proceden de haber confundido la mera acción del paso del tiempo, con el trabajado esfuerzo que se oculta en lo llamado progreso.

Así, la latente sensación que hoy orbita en el aire, presagio de la inmundicia que hoy nos circunda, lo envuelve todo de manera inmisericorde, faltando al respeto a nuestro Sentido Común, de parecida manera a como la cercanía de los purines hirió  sin duda la elegante nariz de nuestro Clásico. En el tiempo que a éste le fue propio, se gestaron una y mil formas de respuesta, todas con el denominador común de estar guiadas en pos de satisfacer el bien común.

Si nosotros no somos capaces de identificar semejante bien común, obrando pues en consecuencia, estaremos poniendo en consideración no tanto nuestra incompetencia como sí más bien la certeza de que somos cómplices del tiempo vivido.


Nicolas EYMERICH (Inquisidor Mayor de Aragón)

Cronista del Futuro, pues soy de los que sortea obstáculos convencido de llegados al actual momento de la partida, ya todas las cartas descansan sobre el tapete. Es así que el buen jugador será el competente para formular las preguntas adecuadas, pues todas las respuestas han sido ya dadas.

Jasón depositó la felicidad en una meta con forma de oro. Yo creo que la felicidad se encuentra en el camino, correspondiendo a cada uno el deber de encontrarla

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Escríbeme a nido@elnidocaotico.com. Pon en el asunto: para El Inquisidor

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