Hace tiempo, mi hermano me tachó de ventre mou (literalmente “panza blanda”). Ni que estuviera particularmente fofa en aquella época, pero Francia se encontraba en la víspera de las elecciones presidenciales de 2002 y yo había expresado mi intención de votar centrista…


Para mi hermano, el voto centrista equivalía a la “desgracia” de no tener las ideas firmemente ancladas en unos principios; era pecar de indeciso y carecer de consistencia moral. Si mi vida hubiera sido un musical, en aquel momento hubiera podido contestarle con la endecha de Gaël Faye: “todo me interesa, Nada me apasiona; Me falta la sal de las obsesiones. Soy de la raza de los apoltronados; ese promedio blandengue…”.


En vez de esto, seguramente justifiqué mi posición con la fuerza de convicción de una ameba… Unos días después, en la primera vuelta, salieron casi ex aequo el candidato de la derecha y el de la extrema-derecha. El primero llevaba ya un interminable mandato de siete años marcado por el descontento unánime del pueblo francés. El segundo era un antiguo militar, cínico y vocinglero, que a su vez daba todas las garantías de llevarnos a ninguna parte en caso de salir elegido. En cuanto al candidato centrista, se tragó -con rictus de estreñido… la doble humillación de haber salido con un pésimo resultado (menos de 7% de los votos) y tener que animar a los ciudadanos franceses a que votaran “responsable” en la segunda vuelta...


Efectivamente, frente a la disyuntiva de tener que elegir entre la peste y el cólera, fuimos todos los idiotas útiles de una derecha encantada de ganarse un segundo mandato gratis.


Para mi defensa, debo decir que había intentado con anterioridad posicionarme deliberadamente a la izquierda… Con una amiga de la universidad, nos habíamos afiliado a las Juventudes Socialistas antes de darnos cuenta de que participar en las asambleas era una pura pérdida de tiempo: el pijerío local (hijos de notables provinciales) monopolizaba con autoridad el tiempo de palabra para cavar en el mismo surco ideológico una y otra vez, en círculos cerrados. Al final, nos cansamos de la palabrería redundante y quisimos probar la acción concreta: elegí trabajar de voluntaria dando apoyo escolar en uno de los barrios socialmente más deprimidos de Toulouse, mientras mi amiga probó suerte en un banco de alimentos. Ambas experimentamos de cerca la violencia de la miseria y nos alejamos de la agit prop progre poco coherente porque inconexa con la realidad. De allí, tal vez, un último resto de fe en lo político y el proyecto de votar centrista, probando el “ni fu ni fa”… Error.


Con la distancia de los años, debo dar razón a mi hermano… No tuve más remedio que desarrollar algo de “fuerza abdominal” para defender estas ideas y valores en las que creo firmemente porque constituyen la base estable de mi verdad personal. Tampoco se trataba de pasarse a un radicalismo excluyente que rechaza todo consenso y se impone por la fuerza bruta. Entendí también que el consenso no consiste en una “anamorfosis” moral oportunista, que lleva a actuar en plan veleta (no soy ni esto ni lo otro, ni blanco ni negro, ni frío ni caliente…) para acabar capitulando adhiriendo a lo que dice la mayoría con tal de no pasar por una “marginal”.


(Re)afirmarme en mis ideales se me hizo imprescindible para orientar mi vida en general y sentirme a gusto; difícilmente puedo consensuar en un entorno incoloro e indefinido, que se derrama por todos los lados… Me diluyo en lo amorfo. Coincido con John Maynard Keynes cuando dice que “las palabras tienen que ser un poco violentas, porque son el asalto del pensamiento en la gente que no piensa”. En este sentido, creo que lo “políticamente correcto” ha hecho daño a nuestra época, engendrando a toda una generación de ventres mous, con el cuero hipersensible, que se siente sistemáticamente asaltada en su inconsistencia intelectual; observo como se ejerce una militancia de sofá borreguil, a golpe de likes y de emoticones, dando su aprobación irreflexiva a campañas virales teleguiadas por las redes sociales. Amoldarse sin rechistar al pensamiento único – a veces sin tener ni conciencia de ello…- es renunciar a la libertad y al esfuerzo de construir un pensamiento crítico que lleva a una necesaria independencia de juicio. Es arriesgarse a vivir arrodillado, por miedo a recibir golpes en las partes blandas…



Nathalie

Nathalie Pedestarres nació y se crio en Toulouse. Tras sus estudios, sintió la necesidad de salir a ver mundo y se fue a vivir unos años en Canadá, en Inglaterra y en España. Su trabajo de reportera también la llevó a viajar por todo el planeta, pero es en Madrid donde finalmente fijó su domicilio. Ejerció periodismo durante más de 20 años, antes de rendirse ante la precariedad del oficio, pero sin perder nunca la vocación. 

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