Representación de la Batalla de Villalar realizada en el siglo XIX por Manuel Picolo López.

DEL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN. DE CUANDO LOS NOBLES HACEN PATRIA SOBRE LA TIERRA QUE EL PUEBLO HA REGADO CON SU SANGRE.

Tal y como dijo en repetidas ocasiones el insigne Sánchez Albornoz, “El nacimiento de España sólo será plenamente conocido una vez se asuma con todas las consecuencias la muerte de Castilla, hecho éste que le será consuetudinario.”

Cuando las diezmadas, agotadas, y lo que es pero, descorazonadas tropas Comuneras ubicaban sus cañones en las estrechas y destartaladas para el efecto, calle de Villalar, mostraban con su estrategia, todo el catálogo de sinsabores, sangrías, desilusiones y frustración, que dos años de Guerra por falta de respeto no declarada, pueden descifrar en el interior de los hombres.


Dos años de una guerra monótona, humillante, sin grandes batallas. Dos años en los que la falta de actividad beligerante, sobre la que se había basado la estrategia de ambos contendientes sobre todo a lo largo de los últimos ocho meses, había hecho estragos, como era de suponer, entre los hombres que componían las filas de los sublevados. Porque una vez más, como ya constituye tradición en nuestra tierra “El paso previo para ser llamado héroe, pasa inexorablemente por ser reconocido primero como traidor”.


Bastaría con preguntar a los cañones propiamente dichos, para comprender la ingente, a la par que insoportable situación en la que se encuentra La Compañía Comunera. La mayoría de ellos proceden del arco mediterráneo. Para entendernos, han venido rodando desde los parques artillados de Murcia y Alicante, fundamentalmente. La historia del aparataje artillero discurre paralela a la del levantamiento como tal. Henchidos con la fuerza que da el triunfo, los primeros éxitos, entre los que se incluyen la toma de El Parque Artillado de Medina del Campo, parecen presagiar un rotundo logro a la causa. Luego vendrán las diferencias, muchas veces provocadas por la intromisión de nobleza y clero seglar en el movimiento. El estatismo que las luchas internas promueven, se refleja en el desgaste interno que sufrirán tanto los hombres, como las propias piezas artilladas. Luego vendrá la desbandada, el abandono, la necesidad de volver a explicar aquello que aparentemente estaba claro. Y, por último, Villalar escribirá, entre el barro, el llanto, y la vergüenza por la ocasión perdida, el último capítulo de la GLORIOSA REVOLUCIÓN DE LOS COMUNEROS DE CASTILLA.


La llegada a España de Carlos I, en su condición de “Heredero legítimo de la Corona de España”, constituye en sí mismo un hecho de trascendencia sólo comprensible una vez se analiza de manera contextualizada, es decir, con perspectiva global.


Desde su nacimiento en la ciudad de Gante, hecho acaecido veinte años antes, sobre el monarca descansa la conclusión de la que bien podríamos caracterizar como primera verdadera política de matrimonios estratégicos, esto es, Carlos es el “resultado” de una larga serie de procedimientos encaminados a hacer converger sobre él, por métodos pacíficos, toda una serie de tributos, poderes, posesiones y territorios; para cuya consecución, en caso de haber sido promovida por otros medios, hubieran sido imprescindibles muchos años y, probablemente, el derramamiento de mucha sangre.


Desde el hecho manifiesto de ser propietario de terrenos en los lugares más remotos, hasta el hecho de tener bajo su dominio a súbditos de la más diversa condición, categoría y, por supuesto, nacionalidad; Carlos I de España, y V de Alemania, es en realidad la prueba viva y evidente de que la Política comenzada por su abuela Isabel I de Castilla en el “Pacto de los Toros de Guisando”, septiembre de 1468, no sólo era viable, sino a todas luces muy efectiva.


Sin embargo, curiosamente lo que más satisfacciones producirá sobre el Rey, no será precisamente las acciones de su abuela materna, sino más bien será su ascendencia paterna. Maximiliano, su abuelo, le proporciona por derecho su más que probable ascenso al Trono del Sacro Imperio Romano-Germánico. Y Carlos no está dispuesto a perder la ocasión.


Por ello, cuando en 1520 se presenta la oportunidad de utilizar a España, o más concretamente sus recursos, entre los que destacan sin lugar a dudas los metales preciosos que fluyen de manera aparentemente imparable desde los Territorios de Ultramar, a Carlos no se le pone nada por delante para tomar tierra, y, raudo, dirigirse a Tordesillas, donde su madre se encuentra “retenida por su propia seguridad”.


Juana de Castilla, legítima Reina de España, como sin lugar a duda así reconocerán en todo momento los Comuneros; se encuentra con su hijo. Cuentan las Crónicas que éste, más que por el estado de su madre, se preocupa en todo momento por la posibilidad de encontrarse con que ella haya recuperado la cordura y, en el ejercicio de su derecho, decida hacer uso de sus competencias recuperando la Corona, desbaratando con ello todas las ansias de poder de Carlos. Pero la entrevista es breve, y satisfactoria para los intereses del de Gante. Juana no tiene intención alguna de ejercer sobre su derecho y poder.


Salvado el escollo, Carlos I convoca Cortes Extraordinarias. Lo que en un principio parece constituir un hecho satisfactorio, parece que el Rey tiene prisa por ponerse al día con los Asuntos del Estado, se convierte pronto en un problema. En un ejercicio inadmisible, se convocan no sólo a las ciudades evidentes, sino que se llama también a las auxiliares; y, lo que es más extraño, se exige que los corregidores acudan dotados de plenos poderes. La cita es en Santiago de Compostela, mes de marzo de 1520.


Tal y como versa en La Tradición de San Isidoro de Sevilla. “…así la ruina caerá sobre Castilla cuando las Cortes sean convocadas en Galicia. Será el campo yermo, la oveja no tendrá trasquile, y la vaca dejará de dar leche.”  Sea como fuere, la convocatoria de Cortes de semejante manera no constituye, de manera alguna, un acierto. Superado el primer susto por lo de San Isidoro, cierto es que la proximidad del puerto pone de manifiesto las más que evidentes intenciones del monarca de salir del reino, en esta ocasión hacia Alemania, con casi un millón de florines renanos amonedados, en una carga que supera las dos toneladas de oro.


Y, para colmo, desnaturaliza al Estado, dejando los asuntos en manos de Chancilleres, Ministros y Delegados varios de marcada ascendencia alemana y, para colmo, francesa. Constituirá este hecho, no sólo ahora sino incluso durante todo el periodo de gobierno hasta la retirada a Yuste, uno de los principales problemas que arrastrará Carlos. Su excesiva dependencia de hombres como Creverieles convertirá en incomprensible para su Pueblo, su forma de gobernar.


Pero ahora, lo que hay, es un desgobierno motivado directamente por la acción voluntaria del Monarca, que con su abandono del País dejándolo en manos de una camarilla de extranjeros que poco o nada saben de su forma de gobernarse correctamente, no hacen sino empeorar las cosas cada día que pasa.


Ni se puede ni se debe esperar un día más. Una vez más, las especiales condiciones de organización que tiene España, y que convergen en la tenencia de un sistema urbano mucho más desarrollado que el de la mayoría de países de nuestro entorno, hecho éste para el que mucho hay que tener en cuenta la presencia hasta 1492 de burócratas judíos en el entramado del Estado; permiten la pronta organización de unas Juntas de Ciudad  las cuales, tan pronto sirven para organizar la estrategia del movimiento, como para diseñar el actus belis una vez esa opción ha sido dictaminada.

 

Toledo, Ávila, Burgos. Pronto se organizarán otras como la propia Sevilla. En todas ellas, lo más importante y característico, se trata de un movimiento expresamente urbanita al menos en su origen, pero que en cualquier caso ha mantenido al margen tanto a la nobleza, como al clero propenso, a saber, franciscanos y dominicos.

 

Todo lo demás es Historia. Más allá de resultados, lo importante y propiamente dicho pasa porque la primera, la original revolución de un Pueblo contra los designios de un Rey, anticipando claramente lo que luego serán las formas y modos propios del Absolutismo, se dio en Castilla, en un tiempo en el que otros permanecían encaramados a sus respectivos árboles, ya fueran éstos metafóricos o materiales.


Nicolas EYMERICH

Nicolas EYMERICH (Inquisidor Mayor de Aragón)

Cronista del Futuro, pues soy de los que sortea obstáculos convencido de llegados al actual momento de la partida, ya todas las cartas descansan sobre el tapete. Es así que el buen jugador será el competente para formular las preguntas adecuadas, pues todas las respuestas han sido ya dadas.

Jasón depositó la felicidad en una meta con forma de oro. Yo creo que la felicidad se encuentra en el camino, correspondiendo a cada uno el deber de encontrarla

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