enero 17

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DE “EL DEBER” DE HABLAR DE JOVELLANOS. PROBABLEMENTE EL ÚNICO “KANTIANO” DE LA HISTORIA.

Una vez transcurrido el que consideramos un más que considerable periodo de tiempo sin que, tal y como esperábamos, se haya llevado ni tan siquiera de  forma inconsciente, una sola mención al aniversario de la muerte de Gaspar Melchor de JOVELLANOS; podemos finalmente decretar como logrado el que a todas luces se pone de manifiesto como el requisito imprescindible para pasar a formar parte de esa selecta reunión conformada por los que de una u otra manera han sido llamados a modificar de una u otra manera la Historia de España ; a saber, el de ser definitivamente sometidos a la apatía de una sociedad que, descorazonada por su presente, asustada por su futuro, se cree capaz de desarrollar conductas nihilistas como las que se desprenden de todos los que se creen capaces de sobrevivir al desprecio de su pasado.

Alcanza así pues JOVELLANOS un logro que, no por perseguido, y seguro que no por deseado, se convierte no obstante en el epíteto de la paradoja cuando sobre el mismo descansa la quintaesencia de todo cuanto la historia nos demuestra que ha de llevarse a cabo, precisamente, para merecer ser idealizado como modelo de buen español, a saber, concebir y desarrollar tu vida en torno a una serie de valores, creencias y por supuesto convicciones la mayoría de las cuales se encuentren meridianamente alejadas de lo que como por todos es sabido constituye realmente el espectro moral y a ser posible conductual de cualquiera que se identifique con el condicionante de español clásico.

Lejos de suponer una contradicción, el conjunto indisoluble que vienen a consolidar JOVELLANOS y sus vivencias, se erige rápidamente en un ente que, precisamente por su plenitud, acaba por mostrarse como la manera más eficaz de cuantas a la sazón se han conocido para llevar a cabo la que hoy por hoy supone, sin el menor género de dudas, una de las misiones más complicadas que existen, a saber, la de diseñar un protocolo destinado a encontrar en la historia, y por supuesto en el devenir del tiempo, una suma ordenada de conductas, preceptos o consideraciones varias que, por encontrarse o repetirse a lo largo de la misma acaben por erigirse en válidas a la hora de determinar qué es lo que ha significado poder definirse como español a lo largo de la historia.

Porque lejos de suponer un principio sencillo, definir sin caer en el problema de la controversia, o en el caos con el que cualquier controversia nos amenaza; qué es lo que supone ser español, ha constituido a lo largo de los siglos, acrecentándose se cabe en lo que concierne a los últimos decenios, una de las más sinceras a la par que complicadas controversias de cuantas han despertado ya sea de manera consciente o inconsciente, nuestro interés.

Nos encontramos ante un problema de tal calibre, que tratar de resolverlo por medio de normas o procedimientos equiparables con lo que llamaríamos “conducta normal” supone condenar, ya de entrada, todo el procedimiento.

Y no porque hablar de España suponga dar curso a un problema que se agudiza sobre todo cuando los llamados a hacerlo son  españoles. No porque de prevalecer la intención de llevar a cabo el proceso empleando métodos comparativos,  más pronto que tarde hayamos de enfrentarnos a la complejidad derivada de comprobar que es España uno de los países con mayor presencia no solo cuantitativa, sino especialmente cualitativa, en la historia del mundo. El verdadero drama se muestra ante nosotros en toda su extensión cuando comprobamos que su naturaleza surge a partir de un comportamiento ecléctico devengado de la fusión de las esencias presentes en las dos cuestiones anteriores, y de las disquisiciones propias que se derivan de tal consideración. Así, el orgullo en principio innato que ostensiblemente se nutre precisamente de la excusa que el factor historicista le proporciona, acaba por volverse en contra del llamado a ser protagonista toda vez que los excesos de ego conducen al individuo destinado a ser llamado ejemplo de español a perecer en una suerte de sacrificio propiciatorio del que es símbolo una especie de hoguera de las vanidades que bien podría estar alimentada por esa institución que durante siglos, estuvo destinada precisamente a velar por la preeminencia del buen español, labor a la que se entregaba sin el menor reparo agudizando su instinto con el paso del tiempo, un paso del tiempo que avanzaba en su contra pues se mostraba como la prueba premonitoria de que su justificación histórica desaparecía con la misma velocidad con la que se deslizan los granos de arena en el reloj.


«El hombre, condenado por la Providencia al trabajo, nace ignorante y débil. Sin luces, sin fuerzas, no sabe dónde dirigir sus deseos, dónde aplicar sus brazos».

Gaspar Melchor de Jovellanos, «Elogio de Carlos III», en Obras en prosa, edición de José Miguel Caso González, Madrid, Castalia, 1976, p. 184.


De esta manera, y desistida toda actitud encaminada a la consecución exitosa de nuestra meta por medios acumulativos, es por lo que nos vemos obligados a desarrollar un procedimiento más complejo. Ubicaremos la respuesta a nuestra pregunta por medio de las sensaciones que nos produce la constatación de aquello llamado a considerarse como un comportamiento hostil, toda vez que enfrentado a lo que cabria esperarse.

No es sino una vez adoptada esta postura, que encontramos no ya en los valores como sí más bien en la coherencia que para con ellos alcanzó la conducta desarrollada por JOVELLANOS, las tesis llamadas a conformar cuando menos los títulos de los capítulos destinados sin duda a entramar lo que merecidamente habrá de constar en esa suerte de manual de instrucciones y usos al que bien podría acudir todo interesado en ser y ejercer de “Buen Español”. Habiendo leído previamente el a tal efecto escrito por D. Julián MARÍAS, claro está.

Será entonces, una vez sometidos al efecto producido por la calamidad de la que se hace predecesora tamaña contradicción, que comenzaremos a tomar conciencia de la diáspora a la que respecto de nosotros mismos y por ende de nuestro proceder, se pone de manifiesto cuando conductas como la prudencia, la mesura, el gusto por el conocimiento (especialmente versado en el dominio de las llamadas “Ciencias Útiles) y, en definitiva, la apuesta decidida por todo lo llamado a estar considerado como progreso, anidaba en la emoción de JOVELLANOS.

Se erige pues, la contradicción, en el concepto que con más fuerza describe lo llamado a conformar la esencia de este hombre sin par, destinado sin duda a encarnar en sí la fuerza de lo que de haber infectado a cualquier otro mortal, en afrentas y calumnias se hubieran, sin duda, tornado. Mas al contrario, será el concepto en sí mismo, y la fuerza que, como en todo proceso dialéctico surge de la propia confrontación, lo que alimenta la que es ya de por sí una ineludible batalla.

Batalla que enfrenta a JOVELLANOS contra la ignorancia que, no gustosa tanto en sí misma cuando sí más en el beneficio que las autoridades obtienen mediante su fomento; ha acabado por adueñarse de los españoles; o contra la incoherencia que de forma no del todo inconexa con lo dicho de la ignorancia, preconiza en este caso una España que se dice leal a un pensamiento religioso, a la par que tiene que mantener una institución como la Santa Inquisición empeñada, al menos en su origen, en velar por la pureza tanto de las almas como del proceso por las mismas implementado.

Es así pues, que la coherencia que hallamos en la contradicción, es a la sazón lo que nos permite albergar alguna esperanza de identificar no ya al español modélico, sino más bien al español digno de ser considerado moralmente bueno (como más acertadamente diría JOVELLANOS). Un español orgulloso no tanto de lo que es, como sí más bien de lo que su herencia puede llegar “a hacer que sea”. Un español orgulloso de lo que fue, que rinde tributo a lo que es. Porque como el propio JOVELLANOS dijo: “No sacrificaré una sola generación de españoles llamada a conformar mi presente, por mucho que así me lo requiera la esperanza depositada en las generaciones futuras.”

Ese era JOVELLANOS, un hombre destinado a describir su futuro, a base precisamente de poner de manifiesto las contradicciones que se adivinaban en su presente.


Nicolas EYMERICH (Inquisidor Mayor de Aragón)

Cronista del Futuro, pues soy de los que sortea obstáculos convencido de llegados al actual momento de la partida, ya todas las cartas descansan sobre el tapete. Es así que el buen jugador será el competente para formular las preguntas adecuadas, pues todas las respuestas han sido ya dadas.

Jasón depositó la felicidad en una meta con forma de oro. Yo creo que la felicidad se encuentra en el camino, correspondiendo a cada uno el deber de encontrarla

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Escríbeme a nido@elnidocaotico.com. Pon en el asunto: para El Inquisidor

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