Detenemos nuestra mirada hoy, en el por otro lado más que extenso recorrido que venimos efectuando por la Historia, nada más, y nada menos, que en los acontecimientos que se encuadran dentro de los denominados como Victoria de San Quintín.

Acontecidos en términos estrictamente objetivos en la primera quincena de agosto de 1557, enmarcados dentro de las denominadas Guerras Italianas, lo cierto es que las mismas poseen un trasfondo cuya importancia ha de ser contemplada desde un prisma que necesariamente ha de ir mucho más allá de la mera constatación bélica; para pasar por el contrario a un plano de estrategia basada, quién sabe si por primera vez, en la consecución de planes a muy largo plazo, convergentes en el logro de certezas potenciales que se convertirían en acto tiempo después, en el marco de la consagración del Sacro Imperio Romano-Germánico.

Constituye por sí solo el contexto en el que se desarrollan las  mencionadas guerras, todo un compendio de novedades, procederes y buen hacer que, sin necesidad de abandonar ni por un instante el marco de lo estrictamente técnico, conmueve en la medida en que se convierte en todo un alarde no ya solo de buen hacer, sino que el verdadero éxito de los mismos subyace a los meros hechos militares, alcanzando por el contrario su verdadera magnitud al contemplarse desde la perspectiva de la más que brillante interpretación histórica que de los hechos que están por venir, hará nada más y nada menos que Felipe II Rey de España.

Resulta así pues imprescindible, en pos de mantener el respeto que los hechos merecen; dar un aunque sea sucinto repaso a la situación global que sustenta a Europa en aquél momento, mediados del XVI para más seña.

Así, la más que ambiciosa política de expansión pasiva iniciada por los Reyes Católicos, la cual había tenido su potencial más fuerte en el logro de estratégicas alianzas futuras por medio de una casi virulenta política matrimonial; alcanzaba ahora a dar sus más que loables frutos al predisponer a Felipe II en un nuevo teatro de operaciones dentro del cual cabía la posibilidad, por otro lado nada descabellada, de acudir a la que había sido su esposa, María TUDOR, en busca de mucho más que ayuda. Sin entrar, al menos aún, a valorar los considerandos de la mencionada ayuda, lo cierto es que en sí misma el mero hecho de que la tal existiera, servía ya para dibujar una nueva realidad que se concernía a la por otro lado cada vez más solvente posibilidad de que la otrora sempiterna rivalidad entre España, Inglaterra y Francia, pasara ahora a conformar un nuevo escenario en el que las más que posibles alianzas basadas no obstante en la conveniencia de ir aislando a uno de los protagonistas según la máxima de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, dejara en la ocasión que nos ocupa, a Francia realmente mal parada.

Es desde semejante tesitura desde la que hay que entender la realidad según la cual la invasión por parte de tropas francesas encabezadas por el Duque de Guisa, de los territorio de Nápoles en 1556, constituyen en realidad mucho más que un movimiento en apariencia estrictamente militar. Tal movimiento, enmarcado como no puede ser ya de otra manera en el ambiente de guerra cerrada que existe ya entre Francia y España, viene ahora a añadir un ingrediente inestimable dentro del nuevo escenario que se está promoviendo, al obligar a la Iglesia a tomar partido.

Y ésta lo hará, vaya si lo hará, por medio nada más y nada menos que el propio Papa, Pablo IV para más seña, el cual facilitará el paso por los territorios a las huestes francesas las cuales sitiarán a las españolas.

Semejantes ardides estratégicos, concitan la primera parte de la guerra absolutamente centrados en los territorios del Milanesado, centrando el interés de los mismos en Nápoles.

A la recuperación de los mismos acuden prestos los Tercios Viejos, llamados así por tratarse de militares experimentados, y a la par que profesionales, que por hacer de la guerra su profesión conforman algunas no solo de las mejores unidades militares que por Europa se podían ver, sino que además constituyen el arquetipo que dará pie a los primeros ejércitos netamente profesionales de la Historia.

Fue así que El III Duque de Alba, al mando de quien estaban las mencionadas tropas, rechazó con brillantez el ataque gabacho, desplazando tanto el escenario de las operaciones, que se acabó fijando en la frontera con Flandes; como por supuesto el verdadero interés de la contienda, provocando a título de daño colateral la excomunión de Felipe II a manos del mencionado Pontífice.

Tiene así lugar otra de esas grandes paradojas a las que la Historia de España ha dado, dejando muestra de su hermetismo cuando no complejidad toda vez que de nuevo, y ya irían por tres las generaciones de monarcas españoles que, cuán más volcados están en la salvaguarda de los intereses cristianos, más castigados son por los ejecutantes de éstos en la Tierra; poniendo con ello tal vez de manifiesto la distancia real que entre todos esos servicios realmente existían.

Sea como fuere lo cierto es que, rescatando aquí y ahora la ayuda ya mencionada de Inglaterra en forma no tanto de las casi 10.000 Libras, y los algo más de 7.000 hombres, como sí del compromiso por parte de la TUDOR de no intervenir; lo cierto es que la jugada estuvo realmente mal programada por parte tanto del ejecutante militar francés, como del estratega en este caso papal.

Llega así pues a concentrarse en Bruselas un ejército que contará con del entorno de 60.000 hombres contados entre españoles, flamencos e ingleses, contando con del orden de 18.000 caballeros y casi 100 piezas de artillería.

Al frente, nada más y nada menos que Manuel Filiberto. Hombre en el caso que nos ocupa de gran valía no tanto por su marcada alianza con la Corona de España, como sí por el hecho de que la misma se retrotrae a los tiempos de Carlos I, cuando los franceses despojaron a su familia del ducado saboyano, del cual él es legítimo heredero.

Se gesta así una de las primeras batallas en las que la estrategia, y más concretamente el engaño, se mostrarán como los grandes protagonistas.

De una manera brillante Manuel Filiberto, Duque de Saboya, inicia un movimiento destinado a hacer creer a los franceses que la intención es tomar la plaza de Champaña, en pos luego lógicamente de atacar Guisa mediante asedio.

Una vez visto el éxito del ardid, constatable en base al gran número de efectivos que el francés desplaza a la zona; Filiberto acaba por tomar finalmente el camino de San Quintín, plaza de la región de Picardía, en el Río Somme

Gaspar de Coligny llegará en auxilio de la plaza escasamente defendida, pero lo hará con un contingente flaco de hombres que logrará introducir en la ciudad en la madrugada del 3 de agosto.

Anne de MONTMORENCY, oficial en jefe del ejército francés se acerca a marchas forzadas con el grueso de las tropas, cifradas no obstante en no más de 35.000 hombres, menos de 10.000 a caballo.

Y es llegados a este punto donde y cuando se produce el desastre estratégico que marca toda la batalla. Fundado en un hecho de carácter atribuible solo a lo personal, que se basa en el absoluto desprecio que MONTMORENCY profesa al Duque de Saboya, minusvalora sus capacidades, desarrollando un movimiento que solo puede interpretarse desde el punto de vista de buscar no tanto la victoria, como sí la humillación del rival.

De manera incomprensible, ordena a sus tropas que abandonen la protección del cercano Bosque de Montescourt  para, de manera flagrante, avanzar de forma longitudinal, lo que obligaba a la vanguardia a superar el Somme.

La tropa española no puede, ni por supuesto desprecia, semejante regalo que el enemigo hace en forma de ofrecimiento de todo un flanco. Cruzan el río por el puente de Rouvroy, sorprendiendo a los franceses en plena conformación de la figura. La incredulidad de MONTMORENCY choca de plano con el hecho, un hecho que a su entender era del todo imposible, por lo estrecho a su entender del paso.

Por otro lado, su hermano Andelot sí ha logrado cruzar el río, dándose de bruces con el grueso de los arcabuceros españoles que dan buena cuenta de la tropa francesa. El propio Andelot resulta gravemente herido.

Barrido por otro lado todo el campo por el incesante fuego de la artillería española, la tropa francesa es presa de la desbandada. El propio MONMORENCY buscará una muerte honrosa batiéndose a espada. No lo conseguirá siendo por otro lado preso.

El ejército francés perdió de manera efectiva más de 20.000 hombres. Caerían además más de 50 banderas, así como el grueso de la irremplazable oficialidad.

Los acontecimientos narrados, unidos en sus efectos a los que supondrán los de la Victoria de Gravelinas, que tendrá lugar el 13 de julio de 1558, desencadenarán la firma de la Paz de Cateau-Cambrésis, de consecuencias europeas, y a nuestro humilde entender desencadenante conceptual del futuro desastre de la Invencible.


Nicolas EYMERICH (Inquisidor Mayor de Aragón)

Cronista del Futuro, pues soy de los que sortea obstáculos convencido de llegados al actual momento de la partida, ya todas las cartas descansan sobre el tapete. Es así que el buen jugador será el competente para formular las preguntas adecuadas, pues todas las respuestas han sido ya dadas.

Jasón depositó la felicidad en una meta con forma de oro. Yo creo que la felicidad se encuentra en el camino, correspondiendo a cada uno el deber de encontrarla

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Escríbeme a nido@elnidocaotico.com. Pon en el asunto: para El Inquisidor

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