K. Marx y su esencia

La figura de Karl Marx (1818 -1883) sigue siendo controvertida tanto para sus defensores como detractores muchas veces atribuyéndole, de manera dogmática, posiciones que el propio Marx en vida se ocupó de desmentir. No me interesa, por tanto, enarbolar al Marx del Manifiesto Comunista, al supuesto profeta del advenimiento del socialismo y el comunismo sino abarcar lo esencial de su obra y legado a través de algunas pinceladas y fragmentos que considero fundamentales. En este sentido, en mi caso particular siendo un veinteañero cuando por vez primera me dispuse a leer el tomo I de “El Capital” (1867) recuerdo que el apartado que me despertó mayor atención fue el del «fetichismo de la mercancía, y su secreto» hoy veinticinco años después de esa lectura creo poder dimensionar adecuadamente su importancia. Es cierto que en el resto de la obra Marx se enfrascó en una serie de batallas que demostraban su poderosa intuición sobre el papel de la innovación tecnológica en el sistema capitalista, la rotación del capital y su efecto en la tasa de ganancia, o el rol del sistema crediticio en el ciclo económico. Pero sus demostraciones al respecto fueron pobres, muchas veces terminando él mismo enredado en su propio esquema. Como lo fue también, por tomar otro ejemplo, el intento de resolver el problema aristotélico de la conmensurabilidad.  No obstante, pienso que a través del apartado que mencioné se entiende mejor el desarrollo lógico de su obra, la fuerza y condensación que tiene ese primer capítulo del Capital que muchas veces parece evocar formas fantasmagóricas como la «forma del valor» al hablar de la mercancía y el dinero, y la importancia no menor de la especificidad histórica.

El fetichismo.

Probablemente la clave que nos permite comprender el pistoletazo inicial de la crítica filosófica de un joven Marx es la realizada a la filosofía del derecho Hegel en un contexto que como bien lo expresa el propio Marx:

«Para Alemania, en resumen, la crítica de la religión está terminada y la crítica de la religión es la premisa de toda crítica»[i].                  

Pero está crítica, que era la dominante en la Alemania de aquella época, era insuficiente para Marx. La religión al igual que el Estado son meramente formas de manifestación que esconden lo real y esencial. La tarea fundamental de la filosofía, por tanto, era desentrañar esas formas para «descubrir y formular la ley real» [ii]. 

Lo que para Marx era crucial era comprender la realidad dominante de su época donde la religión, el derecho, la política, la igualdad contractual eran simplemente manifestaciones, por nombrar algunas, de los principios rectores de la sociedad burguesa.

Por tomar un ejemplo fuera de este contexto, supongamos que en mi caso personal tengo una pareja a la cual llenó de besos, le digo constantemente que la quiero, que es el amor de vida, manifiesto delante de esa persona y de los demás lo importante que es para mí. Eso ¿realmente es amor? O solo una manifestación superficial de sentimientos que no se han desarrollado ni tampoco son genuinos. Puede que una actitud más parca a la hora de exteriorizar pero que realmente se alegre por la felicidad del otro, que escuche sus problemas, que realmente este cuando le necesitas, que sienta el ahogo de sus lágrimas… sea más real, no solo en la forma,  sino lo sea en esencia.

Marx el liberal.

Al hilo de lo anterior, la crítica de Marx tanto a la filosofía hegeliana como a la economía política radicaba en que las ínfulas pregonadas de libertad en una sociedad burguesa era simplemente una libertad formal. El hombre parecía libre pero no lo era en realidad. La libertad contractual no se establecía entre seres con igual poder o fuerza.

Así pues, la supuesta armonía de intereses, de agentes movidos por su propio interés como poseedores de mercancías ocultaba en realidad una estructura de poder. Marx lo ejemplifica en la relación que él consideraba esencial entre el trabajador asalariado y el empresario capitalista:

«El antiguo poseedor de dinero abre la marcha convertido en capitalista, tras él viene el poseedor de la fuerza de trabajo, transformado en obrero suyo; aquél pisando recio y sonriendo desdeñoso, todo ajetreado; éste tímido y receloso, de mala gana, como quien va a vender su propia pelleja y sabe la suerte que le aguarda: que se la curtan»[iii].

Este pasaje puede sugerir la idea romántica y fantástica que removiendo las condiciones materiales de vida se modificarían todas las condiciones que impedían que las personas gozaran de una libertad real, pero Marx era mucho más profundo que esto como analizaré en el próximo apartado.

Materialismo y especificidad histórica.

Es una visión muy simplista acerca de Marx el considerar que la base o estructura es la que condiciona de manera unilateral la superestructura, por tanto, el revolucionar la estructura permitiría modificar la base en la que sustentaban las relaciones humanas reales. En realidad, desde mi punto de vista, Marx era más algo más complejo que esto, como intentaré demostrar.

En realidad, el desentrañar las leyes reales que se ocultaban bajo el fetiche burgués no solo permiten desmenuzar la evolución histórica, sino que permite dejar de concebirlas como formas naturales sino como formas históricas, que nacen, se desarrollan y mueren:

«La sociedad burguesa es la más compleja y desarrollada organización histórica de la producción. Las categorías que expresan sus condiciones y la comprensión de su organización permiten al mismo tiempo comprender la organización y las relaciones de producción de todas las formas de sociedad pasadas, sobre cuyas ruinas y elementos ella fue edificada […] La anatomía del hombre es una clave para la anatomía del mono. Por el contrario, los indicios de las formas superiores en las especies animales inferiores pueden ser comprendidos sólo cuando se conoce la forma superior […] Ellas pueden contener estas formas de un modo desarrollado, atrofiado o caricaturizado, etc., pero la diferencia será siempre esencial. La así llamada evolución histórica reposa en general en el hecho de que la última forma considera a las pasadas como otras tantas etapas hacia ella misma, y dado que sólo en raras ocasiones, y únicamente en condiciones bien determinadas, es capaz de criticarse a sí misma – aquí no se trata, como es natural, de esos períodos históricos que se consideran a sí mismos como una época de decadencia- las concibe de manera unilateral»[iv].

Así, su crítica filosófica a la economía política apoyándose en Hegel, puede que sin lograr su cometido inicial que era la obra del propio Hegel, se reafirmaba siendo de algún modo injusto con los autores clásicos:

«A los profetas del siglo XVIII, sobre cuyos hombros aún se apoyan totalmente Smith y Ricardo, este individuo del siglo XVIII – que es el producto, por un lado, de la disolución de las formas de sociedad feudales y, por el otro, de las nuevas fuerzas productivas desarrolladas a partir del siglo XVI- se les aparece como un ideal cuya existencia habría pertenecido al pasado. No como un resultado histórico, sino como punto de partida de la historia. Según la concepción que tenían de la naturaleza humana, el individuo aparecía como conforme a la naturaleza en cuanto puesto por la naturaleza y no en cuanto producto de la historia. Hasta hoy, esta ilusión ha sido propia de toda época nueva»[v].

Por tanto, frente a la visión dogmática del materialismo histórico de Marx habría que preguntarse:

«¿Le debemos también a Marx una filosofía de la historia? Es común entre sus partidarios responder afirmativa y enfáticamente. Hay sustento para esa interpretación, precisamente en los conceptos originales de Marx sobre la forma del valor, pero estos conceptos son, paradójicamente, los que la tradición del "materialismo histórico" ignora. Sin duda, la comprensión de la especificidad histórica de las categorías económicas de la época del capital es un aporte fundamental a la concepción de la historia que no es distinto, sin embargo, de la propia crítica de la Economía Política. En resumen, Marx no sostiene que la producción material determina la producción espiritual, como si la primera fuera la causa y la segunda la consecuencia, sino que la comprensión de la forma histórica específica de la producción material permite comprender la producción espiritual de una época. Así, por ejemplo, en la crítica de la teoría de la civilización, de Storch: "Si la producción material no se concibe por sí misma en su forma histórica específica, es imposible comprender qué hay de específico en la producción espiritual correspondiente a ella, y la influencia recíproca de una sobre la otra”»[vi]

El Capital de Marx no es una obra que se dedique al estudio de las causas que originan de modo ontológico el valor de los productos y mercancías. No se ocupa de problemas económicos universales. Ni propone una sociedad alternativa a la actual. Sino que es una investigación concreta de un modo de producción y sus contradicciones donde se haya extendida el intercambio de mercancías bajo el capitalismo. Por ello Marx se sorprende al atribuirle la construcción imaginaria de un modo de producción alternativo al existente, como señalará en las glosas a Wagner (1881/82):

«Valor. Según el Sr. Wagner, la teoría del valor de Marx es `la piedra angular de su sistema socialista´(pág 45). Como yo no he construido jamás un sistema socialista, trátase evidentemente de una fantasía de los Wagner, Schäffle e tutti quanti»[vii] .

Marx simplemente intuye que a través del desarrollo de las fuerzas productivas ofreciendo soluciones a diversos problemas y necesidades que es el papel histórico que le atribuye al capitalismo puede dar lugar a un hipotético nuevo orden social y una nueva realidad humana, un nuevo espíritu como diría Hegel.

[i] Marx, Karl (1844): Introducción a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel. G. W. F. HEGEL -FILOSOFÍA DEL DERECHO Con una INTRODUCCIÓN DE CARLOS MARX, por la Editorial Claridad, Buenos Aires, Quinta edición, agosto de1968. Versión online https://www.marxists.org/espanol/m-e/1844/intro-hegel.htm

[ii] Stedman Jones, Gareth (2016): Karl Marx. Ilusión y Grandeza. Editorial Taurus, 2018. Madrid.

[iii] Marx Karl: El Capital (1867). FCE (1992). DF México. p. 129.

[iv] MARX, Karl (1989): Elementos Fundamentales Para la Crítica de la Economía Política (Grundrissse). Decimosexta edición. Siglo veintiuno editores. México [1857/58]. Vol.I , pp.26-27.

[v] MARX, Karl (1989): Vol. I, pp.3-4.

[vi] LEVÍN, Pablo. (1997): El Capital Tecnológico. Catálogos. Universidad de Buenos Aires., p. 82.

[vii] Marx K., 1992, p. 713. Se conoce como Glosas Marginales al Tratado de Economía Política de Adolfo Wagner fueron escritas entre 1881-1882 y son el último trabajo económico de K. Marx.

Autor

Lord Soviz

Lord Soviz es un audaz diplomático y economista. Auténtico plutócrata a punto de entrar en la lista Forbes es, sin embargo, una persona altruista y comprometido con los temas sociales del mundo que le ha tocado, muy a su pesar, vivir.

Es un alma inquieta, ilustrado humanista y sus finos análisis no dejan indiferentes.
Puedes escribirle a través del correo: nido@elnidocaotico.com poniendo en el asunto "para Lord Soviz"


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