Entre un clavo y el siguiente, tablón a tablón, José, pensativo, se sacude el serrín de la barba. El chico no va por buen camino, se dice, va a cumplir los treinta y tres y sigue siendo bueno para nada. Era de esperar, piensa José.  Contaba sólo doce añitos cuando les avisaron del templo para que fueran a buscarle. Habían tenido que sacarlo del atrio de los sumos sacerdotes a la rastra y a empujones. Según testimonio de los escribas, el niño se había colado en una sesión del sanedrín y había dejado a todos boquiabiertos con un discurso pronunciado en un lenguaje que ninguno de los sabios y doctores comprendió.  José se levanta del banco y se acerca al ventanuco, para ver llegar a su mujer entre el polvo y los guijarros que levantan, al pasar, las ruedas de las carretas. No cabe duda de que la imaginación del hijo le viene de la madre. José, por ejemplo, no había oído hablar jamás de la concepción por obra y gracia del espíritu santo hasta que María se lo explicara un buen día, allá en la aldea, y le convenciera para atravesar montañas y valles en busca de una tierra prometida. En aquel entonces eran muy jóvenes; ahora piensa que aquello seguramente fuera uno de tantos camelos que ella se inventa, y José siempre ha optado por dejarlos pasar, para no discutir. Aquí se ganan la vida más o menos, salen adelante; pero este hijo…: se levanta por las mañanas con calma, y luego se queda sentado, o se arrodilla, con los ojos cerrados y las manos juntas, que parece un pato. Después se pasa otro rato murmurando parlamentos con los gorriones que vienen a posársele en el hombro y en la mano. Y cuando el padre le dice que ya está bien, que alguna vez tendrá que ganarse la vida, que si no, se va a perder…, el muchacho, sin inmutarse y con una misteriosa sonrisa en los labios, le dice que se fije en las aves del cielo y los lirios del campo; que ellos no se apuran y, sin embargo, nada les falta. José quiere al chico porque, diga lo que diga María, le ha visto crecer —y le gustaría verle multiplicarse—, pero ha de reconocerle los defectos: camino de los treinta y tres y no ha dado un palo al agua en su vida. Por las tardes, se acerca al río y allí se junta con su primo, que ¡vaya dos! Montan el número de echarse agua con un cuenco el uno al otro por la cabeza, todo esto a medio vestir; la gente se les queda mirando y alguno, apiadado, les deja una moneda en las sandalias. En cuanto a otras amistades, no se junta sino con desarrapados como él. No le sorprendería al carpintero que este chico, con el tiempo, se dejará crecer el pelo y la barba sin otro porvenir que el de vagar por ahí, viviendo del cuento. U ocurre un milagro o acabará mal —piensa José mientras se agacha a recoger astillas para la lumbre—, como un vulgar ladrón o algo peor.

Cristina Sánchez

Probando a cambiar la lente para mirar afuera,

pensándonos desde otro ángulo,

dinamitando el andamio reseco y oxidado que impide crecer al junco

lanzando abrazos al aire,

a ver qué pasa.

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