Mil noches y una noche

Una tarde cualquiera de un lejano estío, a eso de la caída del sol, la hija del Visir se presentó en Palacio con babuchas de tacón de estilete, plataformas de un centímetro y conjunto de corpiño cuajadito de dinares con faldón de flecos de amatista. Con el ocaso del día siguiente y como si al prenderse las estrellas se lo hubieran sugerido, el Sultán, encandilado, se entretuvo en acariciarle concienzudamente los pies, hurgando con suavidad y sin prisa entre sus dedos. Cerrada ya la tercera noche, se desnudaron despacio el uno al otro, salvo por el último velo, el de piel de puma, que Shahriar, tímido, le dejó puesto. Una noche más tarde, la muchacha salió de la Sala de Baños con bombachos de rejilla por toda vestimenta... Veinticuatro horas después, él se tumbó con los ojos vendados sobre las baldosas de mármol del Mar Negro y ella paseó sobre su espalda hasta el amanecer. La sexta noche, Sherezade cenó sorbete de limón con nata de leche de camella bien untada. Al cabo de una semana, juntos decidieron dar salida, noche sí, noche también, a los aceites aromáticos que el más anciano de los eunucos guardara en los aposentos del Sultán –sin duda, precisamente con este propósito. Entre un masaje y el de cada una de las noches siguientes, ensayaron divertidos el escarabajo sagrado, el elefante, la gacela… y se inventaron el juego de la ameba, las fuentes del Tigris y el saltador del fango malayo. De vez en cuando y por probar, intercalaban en sus noches algún amordazamiento con tules de hilo de oro o sesiones de fusta a lo pura sangre cordobés. Entre los columpios del jardín de azaleas, se les vio corretear, montar y perseguirse, y los estanques de nenúfares hubieron de ser rehabilitados más de una mañana por la patrulla de jardineros bengalís.

                Así pasaban las noches, plácidamente, y en los días más abundantes de cada luna, ella recitaba poemas de legendarias batallas o él relataba anécdotas de cuando era niño, siendo en aquellas –contadas– ocasiones de holganza cuando los ecos de sus voces, reverberando en las cúpulas de aquellas galerías, más encendían el deseo y la avidez del uno en el otro.

                Y pasaron mil noches. La noche mil y una, nacieron los gemelos y, al alba, el Sultán Shahriar tomó a Sherezade, la hija del Visir, por esposa. El resto de la historia carece de interés.

Cristina Sánchez

Probando a cambiar la lente para mirar afuera,

pensándonos desde otro ángulo,

dinamitando el andamio reseco y oxidado que impide crecer al junco

lanzando abrazos al aire,

a ver qué pasa.

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​Escríbeme a nido@elnidocaotico.com. Pon en el asunto: Para Cristina


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