Mi ayudante sujeta el picaporte de la puerta mientras hace pasar a la consulta a los tres cerditos, gruñentes que tropiezan unos con otros y corean un saludo cordial típicamente porcino. Sin preámbulos, se acomodan los gorrinos como pueden en el único diván del despacho, a la izquierda de mi mesa y arrimado a la pared: una pata sobre la paletilla del de al lado, un mejunje de orejas y de rabos haciéndose hueco entre los cojines. El que parece más joven, sentado casi al borde con las pezuñas colgando –no le llegan al suelo–, empieza a hablar atropellado, claro signo de agitación nerviosa. No estaban avisados cuando aquel lobo mugriento entró en la choza, saqueó los lechos de bellotas y destrozó las cochiqueras; fue por sorpresa. Al cerdo se le quiebra la voz en sollozos. Depresión ansiosa, sin duda. Le arrebata sin rodeos la palabra el suino mediano que, semirrecostado y comprimido entre las carnes rosadas de sus hermanos, pasa a relatar cómo a la siguiente acometida del lobo, él sí le hizo asomar la patita por debajo de la puerta. Enharinada, sin embargo, aquella pata disfrazada consiguió confundirles y dio paso a otro saqueo, esta vez más serio: envenenó los barrizales con ortigas y, tras haberlo rociado de gasóleo, prendió fuego al granero. Los sacos de mazorcas, las peladuras de patata y los montones de paja quedaron reducidos a una masa pringosa y humeante que ha costado un año limpiar. Desde aquello, el descenso por una angosta escalera inundada se ha convertido en el sueño recurrente del pobre cerdo. Intuyo un síndrome postraumático pues el animal suspende su discurso y se queda como enajenado, la mirada vacía, su cuerpo regordete estremecido por sacudidas temblorosas. Interpelo entonces al mayor, puerco sereno que, sin incorporarse de la rendija que le queda entre el sofá y la pared ni abandonar su contemplación del techo –en la que permanece enfrascado desde que entró–, empieza a explicarme despacio cómo ahora viven los tres en una casona de piedra, a prueba de resoplidos y ataques de la fiera. Han logrado reconstruir su hogar y aunque les haya costado un gran esfuerzo, ha merecido la pena porque en lo sucesivo no tienen nada que temer.

               

Sorprendido por la actitud tranquila y relajada del paciente –excesivamente tranquila, se diría–, le pregunto intrigado el motivo de su visita. Dudo en qué puedo yo ayudarle siendo que él ya lo ha previsto todo. Es entonces cuando el bicho gira su gordo cuello y, sin palabras, vuelve hacia mí unos ojillos suplicantes, nostálgicos. Dictamino sin temor a equivocarme una adicción al riesgo, en pleno síndrome de abstinencia. 

Autora

Cristina Sánchez

Probando a cambiar la lente para mirar afuera,

pensándonos desde otro ángulo,

dinamitando el andamio reseco y oxidado que impide crecer al junco

lanzando abrazos al aire,

a ver qué pasa.

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