junio 20

A 370 Leguas de Cabo Verde

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7 de junio de 1494. Tordesillas, Valladolid. Emisarios formalmente enviados componen sendas legaciones. Por un lado, Portugal, Juan II defiende su particular visión del mundo. Para ser más exactos, juega sus cartas en lo que constituirá su apuesta, la que ha quedado perfectamente a la vista una vez que sus expediciones han afrontado la navegación a lo largo del perímetro africano como la acción más adecuada o lo que es lo mismo, como la que a priori promete mayores riquezas

Al otro lado, los enviados de Isabel de Castilla y de Fernando de Aragón; convencidos, en este caso aparentemente con argumentos no ya sólidos sino ciertamente fundados, en base a los cuales no es sino hacia el oeste hacia donde hay que arrumbar las naves si lo que se busca es verdaderamente la aventura, y por supuesto la riqueza. Pero de momento lo único asegurado tanto por lo uno como por lo otro, es el peligro.

Solo haciendo trampa seremos capaces de entender lo que allí estaba en juego. Y una vez más la clave habrá de proporcionárnosla lo que desde el eufemismo llamamos perspectiva. Recurriendo una vez más al ardid del tiempo, y de la constante que del mismo se infiere esto es, su pertinaz tendencia a desplazarse siempre hacia delante; ver con los ojos de hoy las conductas y a la sazón las consecuencias de tales, nos proporciona una suerte de satisfacción que para muchos podría tildarse como de una conducta infantil, Sin embargo, poco o nada hay de infantil en un proceder cuyo conocimiento se muestra capaz de explicar conductas competentes para entender a los que sin duda fueron nuestros antecesores, pero adquiere además especial viso de trasfondo cuando se muestra inequívocamente capaz de mostrarnos procedimientos del pasado de cuyo desarrollo se infieren de manera casi necesaria consecuencias cuyos efectos reiteran en nuestro presente.

Y todo porque en la firma de lo que hasta bien entrado el siglo XVIII será el Tratado de Tordesillas, las dos grandes potencias del momento no solo se repartían el mundo entre sí, sino que  se reconocían mutuamente atribuciones quién sabe si con la esperanza de que el mutuo reconocimiento que de cara al mundo se hacían, supusiera una clara advertencia para cualquier otra potencia que ya fuera real, o emergente, se creyera capaz de poner en peligro tal reconocimiento a corto o a medio plazo.

Tal y como resulta tras proceder de manera más que somera con el intento de conocimiento cuando no con la certera aproximación a lo que supondría el contexto lógico del mismo, lo primero que suele ponerse de manifiesto es la evidente dificultad en la que nos veríamos inmersos si consciente o inconscientemente intentásemos proceder reduciendo a una sola la variable competente para erigirse en causa única del hecho cuestionado. Y como es de suponer, El Tratado de Tordesillas no va a ser una excepción.

Convencidos de la absoluta conveniencia de proceder con una primera aproximación conceptual, hemos de señalar la importancia que tiene el referente específico del momento en el que se halla inscrito el hecho que reclama hoy nuestra atención. El final del siglo XV, o más concretamente el proceso destinado a suscribir el epitafio del la Edad Media, tiene no ya en años como este, sino más bien en procederes del calado del referido, la fuente de la que manan algunas de esas causas por las que siempre nos hemos interrogado cuando ya sea de manera consciente o inconsciente hemos hecho preguntas del tipo de qué lleva a la Historia a considerar justificado un cambio de Era, Ciclo, o Periodo. Sin duda que los logros cimentados con la firma de este tratado, y sobre todo el efecto que en el mundo entero el mismo ha tenido a lo largo de su larga vigencia, se muestran competentes por sí solos para justificar el amanecer de la Edad Moderna.

Porque cuando Cristóbal Colón pone pie en Lisboa el 4 de marzo de 1493 pudiendo con ello dar por concluido el que la Historia denotará como Primer Viaje al Nuevo Mundo; da igual si Colón era o no consciente de la naturaleza de su logro, de lo que aquellos que le enviaron sí eran totalmente conscientes era de las temibles consecuencias que podrían devengarse en caso de que el asunto no se manejara con la destreza adecuada. Y repetimos, solo podía ser con la destreza adecuada.

Y todo porque, en contra de lo que pudiera parecer, o estuviera justificado interpretarse, el mundo, tal y como se concebía, estaba inmerso en una terrible crisis.

Postulando la supervivencia del mundo a la capacidad que para resistir a los envites de la realidad, tuviesen las estructuras creadas por aquellos que de una u otra manera edulcoraban la propia realidad en pos de construirse una ficción de poder que regaban gracias a su capacidad para comprender y compartir la interpretación de las falacias por ellos mismos inventadas; podemos fácilmente identificar, y a la postre ubicar en ellas las causas de tan grave crisis; tanto una suerte de conductas como de valores aparentemente destinados a justificarlos, que por sí solos avalan la caída en desgracia de cualquier postulado, así como de cualquier realidad que ellos ose ampararse.

Podemos por ello concluir y por cierto que lo hacemos, que el arranque del XVI es con razón considerado como el destinado a certificar el despertar de una nueva era en tanto que la naturaleza de los procedimientos a emplear para comprender los conceptos que sin duda se mostrarán eficaces para aprender la nueva realidad, serán como poco, originales.

Así y lo que es más importante, asistiremos a la debacle, podríamos decir que por superación, de los conceptos y procederes que hasta el momento se habían erigido en único capital lícito para enfrentarse al mundo, y a su comprensión.

Sucumben así de una u otra manera todos los preceptos.

En el terreno del poder, concepción, mantenimiento y distribución; los viejos preceptos ven ahora reducido su campo semántico al propio de componentes legendarios, siquiera mitológicos. Así, la posición de los mayorazgos, y la posición de La Corona en relación a sus pactos con una Nobleza que sucumbe si cabe con más fuerza; condiciona de manera no solo evidente sino inapelable el paso a un nuevo menester que por nuevo, rompe con lo establecido, generándose con ello una posibilidad de trauma.

La comprensión del vuelco terrenal parece evidente, y por ello se asume pero, ¿Acaso alguien puede dudar del efecto que éste puede tener en el otro poder, a saber el Metafísico?

Desde el inexcusable parecer de que los acontecimiento desarrollados a lo largo de los últimos siglo habían consolidado un escenario en el que el devenir de ambos estaba literalmente ligado; resulta impensable defender la tesis por la que cambios de la magnitud de los esgrimidos pudieran de manera alguna resultar insubstanciales para la sostenibilidad de los modelos defendidos en este caso por la Iglesia Católica.

La relación entre ambos cuerpos es del todo indiscutible, y alcanza en el momento señalado uno de sus hitos más solícitos. Así, la relación entre el poder terrenal y el poder divino bullía. Para entenderlo, hay que traer a colación siquiera brevemente el especial papel que para la estabilidad de la Corona de España habría de jugar el Papa. La cercanía de sangre existente entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, hacía imposible la celebración de una boda convencional dentro de los cánones a efectos descritos por la tradición. De esta manera, la supervivencia de las respectivas coronas y por supuesto la puesta en práctica del ambicioso plan que para ambas tenían esbozado, requería de forma imprescindible de una intervención superior dispuesta a avalar lo que la naturaleza parecía empecinada en cuestionar. De esta manera, Alejandro VI (Rodrigo Borgia), irrumpe en escena concediendo cuatro bulas que se resumen como Las Bulas Alejandrinas de las cuales, además de extraerse las consideraciones básicas que permiten la unión de Isabel y Fernando; podemos y así hacemos extraer una serie de consideraciones que en el terreno de la que podríamos dar como recién inaugurada Política Internacional; hacen casi imprescindible la celebración de un nuevo acuerdo que limite o cuando menos identifique la corrección de las acciones de uno y de otro en tanto que el Santo Padre había dado los pasos para hacer saltar por los aires el anterior Tratado de Alcásovas.

Podemos así pues que, conforme a lo que ya dijo Menéndez Pidal, “bien pudiera ser que estemos ante el primer acto en el que la Diplomacia tiene un verdadero papel (…) pues no en vano se trata de la primera ocasión en la que las negociaciones cuentan con el asesoramiento de peritos que, traídos por ambas Casas, resultan de verdadero interés en tanto que sus aportaciones son tomadas en consideración, al ser continuamente para ello requeridos”.

Para hacernos una idea de la importancia del Tratado, señalar que con la salvedad hecha por la transgresión que contra el mismo fue llevada a cabo por el Rey de Portugal Juan III; lo cierto es que el mismo no fue legítimamente desposeído de atribución hasta el Tratado de Madrid de 1750. Sea como fuere, el Tratado de El Pardo firmado once años después restablece la línea de Tordesillas, que no sucumbirá, ahora ya sí definitivamente, hasta el 1 de octubre de 1777, con la firma del Tratado de San Ildefonso.

Sea como fuere, y una vez mas; alejado de las consideraciones materiales, en la medida en que tal cosa sea factible, lo cierto es que el Tratado de Tordesillas constituye otro de esos ejemplos destinados no solo a comprender el pasado, sino más bien a legitimar la intensidad del Presente.


Nicolas EYMERICH (Inquisidor Mayor de Aragón)

Cronista del Futuro, pues soy de los que sortea obstáculos convencido de llegados al actual momento de la partida, ya todas las cartas descansan sobre el tapete. Es así que el buen jugador será el competente para formular las preguntas adecuadas, pues todas las respuestas han sido ya dadas.

Jasón depositó la felicidad en una meta con forma de oro. Yo creo que la felicidad se encuentra en el camino, correspondiendo a cada uno el deber de encontrarla

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Escríbeme a nido@elnidocaotico.com. Pon en el asunto: para El Inquisidor

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