Sobre un lecho mullido de largos juncos aplastados, con una tenue brisa haciendo sonar las olas al pie del acantilado sobre el que se levantan las ruinas del castillo, despierta Belladurmiente un día cualquiera.  A su derecha, tumbada de ese lado como está, Belladurmiente contempla los últimos rojos, amarillos, azules y grises del sol jugueteando con las nubes en el horizonte. Gira la cabeza –y después, el cuerpo entero– hacia su izquierda, y allí está, deslumbrante, la franja anaranjada y caliente que rodea el círculo de otro sol naciente: es el sol del nuevo día.

                Confundida todavía por el sueño de cien años, cierra la damisela los ojos y oye la voz inconfundible de su príncipe, cuyo beso la ha despertado minutos antes: “venga, mama, vamos a desayunar”.

Cristina Sánchez

Probando a cambiar la lente para mirar afuera,

pensándonos desde otro ángulo,

dinamitando el andamio reseco y oxidado que impide crecer al junco

lanzando abrazos al aire,

a ver qué pasa.

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