marzo 27

Alfonso X el Sabio, un monarca integral

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Convergen en torno a la tarea de analizar con cuidado y respeto, sobre todo por no caer en la tentación que imprime el revisionismo; la ingente labor que desarrolló a lo largo de su reinado una figura de la talla, prestigio histórico, y calado estructural como la que supuso Alfonso X, “El Sabio”; una de las más complicadas, y puede por ello que más interesantes, de cuantas hoy por hoy se nos pueden plantear.

Lejos de perdernos en asuntos objetivos atinentes a cronologías, filiaciones o datos, todos los cuales son fácilmente accesibles a través de cuantos elaborados medios se ponen hoy a disposición de cualquiera; nos tomaremos de plantear el ejercicio desde el paradigma subjetivo que nos proporciona el lugar y la procedencia.
Así, la aproximación al personaje ha de hacerse, en aras de mostrar toda la excepcionalidad del hecho inherente, a través del paradigma que refleja la pertenencia del mismo a periodo que le es propio, a saber la segunda mitad del siglo XIII, pero sobre todo esbozando cualquier tipo de realidad en el marco de un proceso de Reconquista que se hallaba francamente truncado, a pesar de los esfuerzos que en pro de tornarlo definitivamente al contrario había venido haciendo su padre Fernando III “El Santo”, a lo largo de todo su reinado.

Aún a riesgo de ser reiterativo, si bien convencidos de que no resultarán inútiles, habremos de matizar una vez más una serie de cuestiones cuyo acceso y comprensión resultan imprescindibles de cara sobre todo a concebir la verdadera valía en el marco de lo matizable sobre todo, de muchos de los aspectos que hoy traeremos a colación.

Constituye el periodo medieval, en si mismo, uno de los que sin duda ha sido en mayor medida objeto de descripciones, análisis, o sencillamente, apologías. Sin embargo, no está de más recordar que, aspectos tales como su gran duración, unido a otros tales como la diversidad de las funcionalidades de los aspectos sobre los que tiene colación, nos lleva obligatoriamente a desarrollar la aproximación al mismo teniendo en cuenta, una vez más, las inexorables muestras de prudencia que sin duda son siempre, y en este caso más si cabe, exigibles.

Y si todo lo anterior se cumple para, probablemente, todo el territorio europeo, qué decir del hecho, exclusivamente atinente a la Península Ibérica.

Las especiales connotaciones que les son atinentes, redundan severamente en unas características por definición exclusivas, que tienen en el hecho sincrético de la Reconquista, en la más amplia acepción del término, su mayor fuente de presagios.

Constituye la Reconquista, más allá de un mero acto reflejo, desarrollado en pos de lograr la expulsión del que es enemigo en tanto que es diferente, un acto cuyas consecuencias son tan solo apreciables a posteriori, esto es, una vez que el ejercicio de la perspectiva trae como consecuencia el aporte de una lucidez basada no tanto en la objetividad, sino más bien en la liberación de connotaciones subjetivas que el tiempo permite.
Se convierte así la Reconquista, en el proceso integrador que logra, de manera no del todo evidente, en tanto que en absoluto voluntaria, integrar a los diversos reinos y por ende a sus habitantes, dentro de un proceso común de consecuencias estructurales, cuya primera consecuencia tendrá, curiosamente, consecuencias marcadamente endógenas.

El rival de mi enemigo se convierte en mi amigo. Desde la aceptación del prisma que semejante afirmación confiere, podemos comenzar a dilucidar el espectro desde el que se conforma a priori si la acción de recuperación territorial, conceptual e ideológica al Moro. Pero sobre todo la aplicación de esa misma óptica traerá como corolario la adopción de toda una batería de medidas por parte de los protagonistas, que sin la participación del enemigo común, hubieran sido francamente impensable.

Los reinos, de Castilla, de Aragón, de León; realidades en sí mismas autónomas, e independientes a ultranza, llegan a formalizar periodos de franca alianza en pro de la lucha que se suscita contra el enemigo común, lo cual revierte entre otras muchas cosas en la capacidad para convalidar una nueva a la par que remodelada idea de unidad, en torno de la cual poder decir que Alfonso X bien pudo ser el primer monarca que se encontró en posición verdaderamente adecuada en base a la cual poder comenzar a soñar con la unificación de los reinos en pos de un bien común.

En esta tesitura, la aportación de la Iglesia resultará tan inexorable como fundamental.
La evidente condición de infieles con la que cuenta el enemigo sarraceno, no solo justifica, sino que más bien hace poco menos que inevitable, la declaración de la guerra en pos de recuperar tierra al moro, poco menos que en una cuestión santa. Se declara así varias veces la concepción de Cruzada, lo que dotará de bagaje internacional al hecho como tal, haciendo subir sin duda las consecuencias de todos los actos que bajo sus designios acontezcan.

La brecha que a tal efecto abrirá el Papa León X, proyectará los acontecimientos en una dirección desconocida los cuales, más allá de las connotaciones externas por todos sobradamente conocidas, tendrán unas connotaciones internas de consecuencias difícilmente eludibles.


Así, la aparición del fenómeno exterior, provocará el surgimiento de un espíritu patriótico imposible de constatar hasta ese momento, y que inexorablemente pasa por definirse en la comparación que para con el diferente se hace. Para entendernos, ¿quién es más extranjero, el franco que viene a portar armas en pos de la orden papal, o el valenciano que lucha como los demás por el arraigo de su tierra?
Se va conformando con ello una génesis de la acepción de pertenencia patria que, asociada a la incipiente idea de España, da como resultado un fenómeno de consecuencias ya inalterables, y que no parará hasta las Capitulaciones de Santa Fe.

Adquiere así potencialidad de necesidad, el diseño, desarrollo e implantación de un espíritu que, con función de argamasa, nazca con clara y notoria función de unidad constructiva, desterrando con ello de una vez para siempre los diferentes restos de las fricciones que entre reinos y reyes se han dado a lo largo de la historia en la Península.

Semejante labor, de lograrse, habrá de ser llevada a cabo desde una óptica absolutamente integradora, para lo cual sus referencias habrán de ser de todo menos excluyentes.
Es desde ese prisma desde el que la Idea de una Unidad Cultural adquiere pleno dominio de sí misma. El elemento catalizador que integre la unidad del futuro proyecto ha de ser, inexorablemente una abstracción cultural.

Es entonces cuando alguien como Alfonso X “El Sabio”, adquiere especial relevancia. Monarca integrador por excelencia, a lo largo de su reinado, que se prolonga desde el 1 de junio de 1242, ha dado sobradas muestras de su voluntad unificadora, ahí están sus anexiones de Murcia o Jerez; ha demostrado no obstante su gran valía de cara al uso en pro de la tarea común de otros aditamentos igualmente válidos, y marcadamente suficientes.

Sus marcadas y excelentes aportaciones al mundo de la Cultura, entre las que traemos hoy a colación aquí las Cantigas; conforman en sí mismas todo un Vademecum de obligado conocimiento para todo aquel que desee hacer una aproximación racional al mundo al que hacemos referencia, sobre todo desde el plano de lo estructural.

Elaboradas en torno a 1260, el libro que compone la obra en tanto que tal, constituye todo un marco de aproximación a la estructura de Cultura que podemos enarbolar a la hora de inferir lo que poco a poco podrá, o no podrá, entenderse como Cultura Española en tanto que concite o no rasgos lo suficientemente conciliadores de una mayoría de los integrantes de las comunidades españolas incipientes, y siempre cuidando el no caer en errores excluyentes.

Es así que Alfonso, en su faceta de artista más que de monarca, elige dos elementos taxativos e irrenunciables a tal efecto, cuales son la unificación de la virtud religiosa en pos de la figura mariana, de una parte, y la concitación de la figura del amor cortés, como sistemática caballeresca por el otro.
Tenemos así definidos, ya de manera unívoca, los condicionantes expresos de las dos grandes formas culturales que desarrollan los contenidos de la que se llamará Biblia Estética. Las Cantigas de Alfonso X, vienen a estar integradas en torno a dos grandes aspectos aglutinantes, los marcadamente religiosos, que como hemos dicho giran en torno a las acciones de la Virgen María, integrándose como tal en las Cantigas de Santa María, y aquéllas destinadas a ensalzar valores más terrenales, como puede ser el amor terrenal y cortés a una dama, o el afecto del trovador hacia sus considerandos.

Con todo, las Cantigas bien pueden inferirse como el fenómeno integrador por excelencia, que se anticipa con mucho al establecimiento de los vestigios imprescindibles para poder comenzar a hablar de España.


Nicolas EYMERICH (Inquisidor Mayor de Aragón)

Cronista del Futuro, pues soy de los que sortea obstáculos convencido de llegados al actual momento de la partida, ya todas las cartas descansan sobre el tapete. Es así que el buen jugador será el competente para formular las preguntas adecuadas, pues todas las respuestas han sido ya dadas.

Jasón depositó la felicidad en una meta con forma de oro. Yo creo que la felicidad se encuentra en el camino, correspondiendo a cada uno el deber de encontrarla

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Escríbeme a nido@elnidocaotico.com. Pon en el asunto: para El Inquisidor

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