Allí está, cada vez que miro a la piscina, la veo. Flotando, brillante y desafiante, sin importarle el sol abrasador de agosto en la costa del sol. Impasible, tranquila, parece que nada va con ella. Es la dueña y señora del lugar. Es grande y gorda, mullida y tremendamente atractiva. De contornos suaves, neumáticos, resbaladizos. Exuda elegancia por doquier.


Cada vez que la miro el sentimiento es el mismo. Un deseo brutal, culpable y contenido aflora en mis ojos sin poder evitarlo, sin poder esconderlo. Prejuicios, malditos traidores. Me paralizan y me amordazan. Con el rostro arrebolado, me retiro a esconderme.


Poco a poco voy venciendo mis reparos y mis vergüenzas de adulta, esas de mamá madura y esposa seria y responsable, y me acerco despacito, como para no asustarla, pero ella sale huyendo suavemente, sin prisa. Su actitud echa para atrás la mía. Lo dejo para otro día. Cuando tenga más tiempo, cuando esté menos cansada.

Entonces vuelve como una obsesión en mis noches ardientes de calor y sudor. Empapada me imagino la escena:  corriendo, me acerco a ella, y de un salto caigo directamente en su ser, la noto recibiéndome complaciente … nos fundimos, me fundo en ella. Somos una a la deriva. Repetir la escena, esta vez después de mi asalto, reboto en ella hacia el infinito aire celestial para zambullirme en la frescura de su manantial. Disfrutar con una carcajada, del alivio de la agonía ardiente. Y reír, reír cada vez más alto y más fuerte. Y gritar, gritar cada vez más alto y más fuerte para que todo el que me oiga comparta mi alegría juvenil del placer del juego prohibido.


Pero entonces me despierto, y mi mente adormilada me devuelve a ella, al objeto de mi deseo, a la obsesión de mi mente pícara. Allí está ella, tumbada, desafiándome, cada día, cada noche, cada tarde. Noto como me lanza miradas provocativas mientras se ríe de mí. Descarada.


Y así pasan los días, con un baile de seducción lento y disimulado. Con miradas de reojo y acercamientos sutiles pero infructuosos. Ella imponente y yo sintiéndome pequeña y cobarde. Con ganas, pero sin valentía.


Entonces, sucedió lo inevitable, llevaba tanto tiempo en mis sueños, que, al verla allí en el mar, ya no me parecía tan grande, ni tan temible, ni tan desafiante. Seguía brillando sí, pero ya no tanto, era una más entre la multitud. Algo dentro de mí se liberó de pronto. Salté como un resorte en la arena y salí corriendo hacía la orilla, hacia ella. Sólo podía pensar en ese instante maravilloso de disfrute que me esperaba y rezando en silencio para que no me viera venir y se batiera en retirada.


Sentí el aire en todo mi cuerpo y algunas gotas de mar cuando entré corriendo. Efectivamente no se lo esperaba, la cogí completamente por sorpresa. Mi cuerpo volando en el cielo y aterrizando violentamente sobre ella.

No pudo reaccionar, la apresé entre mis brazos y mis piernas apretando todo mi cuerpo para que no se me escapara.


 ¡¡¡ Por fin la presa era mía!!! Aquella pérfida provocadora no tenía escapatoria. Esta vez no había control de daños.

Mi cara se transformó en una sonrisa eterna y juvenil, mi cuerpo se relajó y me dejó hacer.


Y empecé a disfrutar, a disfrutar de verdad. Saltando y aterrizando, volando y rebotando. Aquella niña desinhibida y alegre volvió a renacer, el deseo insatisfecho guardado durante tanto tiempo había desaparecido por completo.


Y Después de la tempestad llegó la calma.


Por fin, nada que hacer, nada en que pensar. La recompensa del guerrero. El reposo al sol.


Saciada hasta el infinito y todavía aturdida, me incorporé lo justo para disfrutar del paisaje y en ese instante sentí que me observaban. A lo lejos, escuché gritos.


¡Mamá por favor, se te ha caído el bikini! ¡Qué vergüenza! ¡Siempre dando la nota!


Los miré sin pestañear, presa del pánico y más dolida en mi orgullo que avergonzada. Me abracé con fuerza a mi querida compañera de dichas y desdichas, y, apoyando mi cabeza dulcemente en su contorno firme y suave me dispuse a disfrutar de mi placer prohibido otra vez, cuando un fuerte y persistente silbido nada poético retumbó en mi oído izquierdo. En menos de un parpadeo mi fiel amada perdió su rigidez ansiada y se convirtió en un triste colgajo sin gracia ni galanura. Y yo volví a sentirme pequeña y cobarde.


¡Ya no tienes edad para hacer estas cosas! 


Selene Trotta


Escritora aficionada de cuentos y fantasías


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