Bernard Normal se despertó, como todos los días, a las seis de la mañana. Era un hombre de costumbres fijas. Así que, pasara lo que pasara, su reloj interno no se alteraba nunca y a las seis y dos minutos, se puso, como todos los días, las Variaciones de Goldberg interpretadas por Glen Gould. Las escuchó, tendido, unos cuantos minutos más, antes de salir de la cama bostezando, envolviendo sus caderas con un viejo pareo de colores ajados. Se fue al baño y orinó, teniendo a bien no salpicar el parqué con su primera micción del día. Odiaba el desorden, pero aún más tener que limpiar. Notó que había más ruido que de costumbre emanando de los pisos vecinos, pero procuró no sorprenderse. Bernard Normal tenía como norma no sorprenderse nunca con nada. Se preparó un café en la vieja cafetera cuya tapa se sujetaba con un tenedor de aluminio. Observó que se le había acabado el pan… Tendría que salir. Y salió. Para un lunes por la mañana, la calle era inusitadamente vacía y silenciosa. No se oía ni el chirrido metálico de los trenes que transitaban, un poco más abajo, por la estación. A cambio, trinaban los pájaros con más energía. Bajó la calle con amplias zancadas y observó cómo, saliendo de la panadería, estaba ya formada una larga hilera de personas con semblante malhumorado. Decidió que esto iba a ser lo normal y se colocó detrás de la última persona, una señora de silueta fornida que le lanzó una mirada hostil como instándole a mantener las distancias. Se notaba un cierto nerviosismo en el aire y la calle seguía sin tener su habitual tránsito de coches. A cambio, pasaron varias ambulancias a toda velocidad, en ambos sentidos, y con la sirena activada. Llegado su turno, Bernard Normal observó que la dependienta, una joven con un elaborado moño rubio, habitualmente coqueta, alegre y simpática, tenía su hermosa sonrisa carmesí tapada detrás de una incongrua mascarilla sanitaria de color azul chillón. Tenía la cara seria, las cejas fruncidas y reprendía a los indecisos con unos “allez, allez” impacientes. Llegó el turno de Bernard Normal:


-“¿se ha puesto enferma?

- ¡Muy gracioso! ¿Qué quiere?”


Bernard Normal seguía sin tener la menor intención de perturbar su flema, así que aceptó como normal este cambio repentino de actitud en la joven panadera. Hacía tiempo que había abandonado el proyecto de entender a las mujeres. Le gustaban, eso sí, y mucho. La panadera y su cabellera dorada constituían, de hecho, una de sus fantasías inconfesables… Rascándose su mentón mal afeitado, Bernard Normal empezó a mirar detenidamente la gama de baguettes alineadas en las estanterías. ¿Qué le apetecía hoy, una barra con cereales, con mezcla de harinas completas, de centeno…?


- “¡Alleeeez! ¡Decídase! Rugió la joven, levantando los brazos de manera teatral, con evidente exasperación.

- Heu… tomaré… pues, tomaré una barra con cereales, por fav…

- La voilà”

le espetó la mujer, lanzándole casi a la cara el pan apresuradamente envuelto en una hoja de papel. Le arrancó el billete que apenas había sacado de su cartera. Notó que, además de la mascarilla sanitaria, la joven también llevaba guantes de latex de enfermería. Dejó caer la vuelta en el mostrador con mueca de asco. ¡Siguiente!


Detrás, unos gruñidos se dejaban oír distintamente entre el resto de clientes que esperaban su turno: “¡ya era hora!”, “¡Siempre hay un cretino para tomarse su tiempo en estas circunstancias!”, “¡Qué corra el aire!”


Bernard Normal salió de la panadería bajo un aluvión de protestas y miradas asesinas. Un lunes por la mañana…


Fuera, la calle seguía agradablemente desierta. Ya, con su pan debajo del brazo, Bernard Normal volvió tranquilamente a su casa, fijándose en lo bien que se escuchaban los pájaros.


Cuando tenía ocho años, Bernard Normal sufrió un trauma que le dejaría irremediablemente introvertido de manera patológica para el resto de su vida. Justo enfrente de la casa familiar – la que ocupaba todavía después de la muerte de sus padres- había un pequeño jardín comunal… Era un oasis de vegetación anárquica en medio del hormigón, un resto de vergel de cuando la ciudad no había absorbido aquellos arrabales rústicos. En aquel jardín onírico coexistían humildes flores campestres con tulipanes aristocráticos importados de algún vivero holandés, rosas silvestres, puerros salvajes, violetas temblorosas, matorrales de frambuesas y grosellas negras… Crecían tilos majestuosos con copas frondosas debajo de las que el vecindario, en verano, organizaba comilonas pantagruélicas y conciertos improvisados. Bernard Normal atraía sin muchos esfuerzos a las niñas del barrio debajo de los setos para intercambiar allí besos y risas con sabor a frutos rojos. Era un niño muy guapo, gracioso y amable, sensible también.


Cuidaba de las colonias de gatitos que proliferaban entre los muros derruidos del jardín y pasaba largas horas tendido en los claros escuchando los gorjeos estridentes de los mirlos. Aquel jardín era su paraíso, su école buissonnière donde aprendía más sobre biología, botánica y poesía que en las aulas austeras y polvorientas del colegio.


Un buen día, llegaron las excavadoras encabezadas por el señor alcalde y un promotor con pinta de vendedor al fiado. En un día, arrancaron el jardín. Decapitaron los tilos, aplastaron las rosas y las grosellas, ahuyentaron a los gatitos, a los mirlos y a las comilonas de verano para siempre… En el solar arrasado, el promotor mandó volcar varias toneladas de hormigón. Sobre la sepultura del antiguo paraíso de Bernard Normal brotó un parking con su parcelación pintada con un amarillo chillón. Instalaron parquímetros para vigilar las veinte parcelas de estacionamiento que, la mayor parte del tiempo, se quedaban vacías por el alto precio de aquel latrocinio público.


Desde su ventana, Bernard Normal puede ver cada día el parking desolado, responsable de su mutismo. Aquel día del estropicio, Bernard Normal perdió su fe en la humanidad. Se encerró en si mismo y en sus recuerdos con sabor a frambuesas como parte un marinero para un largo viaje interior sin retorno. Allí dentro, en su mundo recompuesto, no hay malas sorpresas ni ruidos metálicos de excavadoras letales. Sólo hay poesía, las sonrisas carmesís de panaderas golosas y las Variaciones de Goldberg que resuenan, livianas, debajo de los pálidos dedos de un pianista autista.



Nathalie

Nathalie Pedestarres nació y se crio en Toulouse. Tras sus estudios, sintió la necesidad de salir a ver mundo y se fue a vivir unos años en Canadá, en Inglaterra y en España. Su trabajo de reportera también la llevó a viajar por todo el planeta, pero es en Madrid donde finalmente fijó su domicilio. Ejerció periodismo durante más de 20 años, antes de rendirse ante la precariedad del oficio, pero sin perder nunca la vocación. 

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Escríbeme a nido@elnidocaotico.com. Pon en el asunto: Para Nathalie

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