Imagen usada en la portada de Marion Fayolle


Hace años aprendí que la enfermedad, además de tratarse con fármacos, cirugía y otras técnicas sanitarias podía tratarse con palabras, palabras que curan.


Esto me lo enseñó mi amigo Joan Carles March Cerdà y he podido comprobar que es totalmente cierto. La incertidumbre provoca más síntomas que la propia enfermedad, la ignorancia nos sume en borrascas mentales que  - nunca mejor dicho - nos atormentan, el miedo acaba por deteriorar nuestro cuerpo y arrasar nuestra mente: un desasosiego en forma de pellizco en el estómago es capaz de hacernos perder muchos kilos de peso en pocos días, corroyéndonos, como si miles de termitas en el interior de un aparador asolaran la madera seca y vieja hasta arrasar con el patrimonio de nuestra memoria y vencernos heridos por el virus del temor.


Y en esa zozobra provocada por una dolencia, o por un problema financiero, o de otra índole, que nos deja en unos días como un peregrino sin alma ni aliento, aparece un médico, o un asesor financiero, o un amigo de absoluta confianza y nos dice: no tengas miedo, no tienes de qué preocuparte... te pasa esto, eso o aquello, es controlable, le podemos poner solución con un tratamiento y respira, yo te ayudo a superar este bache.

¿Son 15 palabras, 20? Esas palabras nos resucitan el ánimo, nos cargan de vida y despejan nuestra nube negra que nos consumía y nos impedía mirar adelante con confianza, sin el susto de la cárcel o la guadaña.

Hace poco hablaba de mi amiga-madre que le daba con su vida poder a la palabra Madre. Del mismo modo, hay palabras que dichas por determinadas personas y en momentos concretos tienen poder. La palabra es acción, es creación, es poesía de versos libres e inspirados, y como decía Gabriel Celaya, “la poesía es un arma cargada de futuro”... sus balas son palabras que penetran en nuestra carne y atraviesan nuestro órganos y en vez de matarnos, nos curan, nos insuflan oxígeno que notamos cómo llega a cada célula despertando su instinto vital más enérgico, más puro, más eterno. 


Mi leona de Bucarest llegó esta mañana con un dolor en el dedo corazón de la mano izquierda, y me dijo que se le había hinchado toda la mano: “no sé cómo voy a trabajarrr hoy... no puedo moverrr la mano del dolor”. Te doy un antiinflamatorio para que se te cure. “No tomo pastillas, no gustarrr pastillas “. Entonces tranquila, conforme pase la mañana se te irá aliviando el dolor. Y efectivamente, ha desayunado como una termita gigantesca y pelirroja y ha trabajado mucho, con buen ánimo y sin dolor. No se si mi palabra curó a mi leona, pero acalló su queja, legítima por otra parte.


 Palabras que curan, canciones que curan, susurros que curan. Sanar es como entrar en el parque de atracciones del amor como si fuera la vida: no hay miedo porque la montaña rusa de las complicaciones nunca descarrila, los coches de choque de los enfrentamientos nunca son siniestro total cuando colisionan, el pasaje del terror de la enfermedad nunca llega a seccionarnos el brazo con la sierra eléctrica de Freddie Krueger, sino que acaba por producirnos una sonrisa. 


Mi Virus-Dios (alabado sea su nombre) con su venida, nos ha confinado en casa, y quizá nos mantenga siempre en casa, toda la vida en casa, como ocurría en los pueblos. Las viudas sólo salían a comprar el pan, el pescado y la carne, igual que nosotros ahora. Quizá seamos viudas de pueblo, de las de rezar el rosario, o de pasear cada tarde hasta la ermita, o de esperar la muerte junto a un brasero bajo una mesa camilla, mirando furtivamente por la ventana a ver si el cartero sigue liado con la maestra, o si la vecina de la última casa al revolver sigue recibiendo una paliza cada vez que su marido llega borracho. Ser viuda de pueblo es un trabajo chulo, ¿habrá que saber idiomas, o informática nivel usuario avanzado?


Mientras tanto, profundizaré en el valor de las palabras que curan y de los silencios que enamoran los corazones.


Los locos saludamos al mundo cada mañana y cada tarde y decimos aquello de “resistiré para seguir viviendo” a ver si de tanto repetir cada tarde esas palabras, acaban curándonos.




Miguel Ángel Pérez Reina es filólogo, lingüista y comunicado. Ha sido redactor de televisión, docente, músico, escritor y - en los últimos 23 años – miembro de equipos de marketing, ventas y RRII de dos multinacionales farmacéuticas. Desde 2012 co-creador, coordinador y generador conceptual de Musicfulness, la experiencia más innovadora para gestionar mejor la vida a través de la música.


Escríbele a la dirección nido@elnidocaotico.com poniendo en el asunto para Miguel Ángel Pérez

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