¿Qué te ha pasado, mi viejo amigo? Cuando te conocí, hace veinte años, querías a la vida y ella te correspondía; eras alegre, optimista y próspero, tres cualidades que atraían a la gente. Fuiste generoso con todos, por no decir dispendioso, y esto también atrajo a la gente. Con los años, una losa invisible, que albergas en tu alma, se impuso y te aplastó, convirtiéndote en una sombra de lo que fuiste. La “gente” desertó… No olvido que tú y tu hija os convertisteis en mi familia aquí, sin pretensiones, sin exigencias; justo por el amor simple y sincero que compartimos y que hemos puesto a prueba durante todos estos años. Así que, hace unos días, viajé al Sur, de emergencia, con mi mascarilla y un “salvoconducto”, para acompañarte a tu salida del hospital. A miles de kilómetros de allí, tu hija dormía poco… En los ratos que permitían la diferencia horaria y su trabajo, hablábamos por teléfono. Ella se las ingeniaba para hacerme reír, soslayando su propia angustia. Pero se notaban los temblores en su voz. También por ella, me fui al Sur; me venía bien que sintiera que podía contar conmigo.

 La amistad es una inversión cuyo rédito se refleja en una reciprocidad auténtica.

Una tarde, te sorprendí llorando en el salón. Debías estar tan desanimado… Una noche mojaste tu cama. Te hundiste. No pasa nada. Ojo, no me malinterpretes; no que estuviera disfrutando haciendo esas tareas de enfermera geriátrica, pero todo tenía fácil arreglo con tal de poder darte alivio. Me contestabas que estabas bien, pero tu tez gris, tu aspecto envejecido y tu cara torcida por el dolor delataban tus mentiras. Me entraron las dudas de poder jamás volver a la playa contigo, a la “tabernita del puerto”, al mercado central… Extrapolé lo peor. Sentí que la sola idea me superaba. No estoy preparada. No es sólo egoísmo. Te quiero, viejo amigo mío y por eso te necesito.

La sabiduría popular dice que es en los momentos de adversidad cuando uno reconoce a sus verdaderos amigos. Y es verdad. Yo sé con quién puedo contar. Sé quien asume, sin cálculo, la responsabilidad de ofrecerme una escucha activa, una respuesta empática, un brazo firme donde apoyarme cuando lo necesito. Facta, non verba. En el pasado, mis Amigos (los mayúsculos) demostraron ser incondicionalmente entregados y generosos, entendiendo que la amistad es también una inversión cuyo rédito se refleja en una reciprocidad auténtica. Hoy por ti, mañana por mí. Es vitalmente justo y necesario; nadie puede vivir feliz sintiendo que nadie le quiere y hasta la Misericordia espera un retorno por sus actuaciones, aunque sea etéreo. Mis Amigos saben que, cuando haga falta, apartaré mi individualidad para servir la suya. Y no me costará hacerlo porque la verdadera amistad no tiene precio.

   Los falsos amigos son trileros emocionales; lo suyo es el egoísmo de los inmaduros.

A los falsos amigos, también se les acaba calando... Anteponen las palabras hábiles a sus siempre escasos gestos. Cacarean los “cuenta conmigo” cuando realmente piensan “a mí, no me cuentes tus problemas”. Calculan. Tienen la boca llena de buenos consejos, de frases hechas, lo saben todo acerca de la entereza que exigen de los demás, cuando ellos lloriquean a la primera pupa. Dan poco y exigen mucho, como si fuera lo debido, porque sólo entienden la empatía en sentido único. Son trileros emocionales de poca monta; más que maldad, lo suyo es el egoísmo de los inmaduros. A estos se les hace favores, pero nunca llegan a ser la prioridad y suelen acabar flotando ingrávidos en la memoria de la indiferencia.

  • El Hombre Pájaro dice:

    Me ha encantado tu escrito. Es una historia muy personal y muy dura que sabes transformar en una advertencia y una reflexión sobre las amistades.


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