Vaya necesariamente la primera mención de la presente, a poner de manifiesto la emoción que para mí supone confesar que es la primera vez que necesito ponerme al teclado, no para dar rienda suelta a alguno de los alocados cúmulos de dubitativas certezas que a diario me aporrean, sino para reinterpretar el caos aludido a partir de la emoción de orden que él mismo ha sido capaz de generar en otro. Doy por ello las gracias a D. Paco SERRANO quien, en un alarde de generosidad no sólo ha tenido a bien regalarme su tiempo considerando interesante lo que yo tenía que decir, sino que además lo ha enriquecido hasta el punto de pensar que lo dicho merecía una réplica.

“Sólo el escritor sabe para quién escribe, en tanto que el lector lee a quien extraña.” Y en el fondo de todo, un concepto único, proverbial y categórico a saber, el de la necesidad. Es el concepto de la necesidad, pero sobre todo la capacidad de comprensión sobre cómo éste afecta al Hombre, el llamado a erigirse en uno de los categóricos a la hora de llevar a cabo la tan ansiada labor de comprensión del propio hombre.

Estuvo la necesidad presente en los primeros pasos del hombre. De hecho, como componente intrínseco del acervo en un primer momento instintivo, se erigió en el detonante original a la hora de explicar ciertas conductas; y en tanto que toda decisión lleva aparejada una renuncia, no es del todo descabellado decir que no son sólo las consecuencias de los actos conscientes, sino también las de los actos fallidos (renuncias), los responsables de decirnos quiénes somos.


Mas semejante proceder tendería a tornarse en burdo, si lo reducimos a la mera acumulación de estratos. El factor resultante de la aplicación evolutiva, el llamado a hacer interaccionar al sujeto con la realidad de la que forma parte de manera inexorable, nos permite superar el principio geológico de superposición de estratos en base al cual “a la hora de fechar el orden de los estratos en un bloque geológico diremos que los materiales que están en el fondo se depositaron antes que aquellos que los recubren.”


A la hora de explicar al hombre, hemos necesariamente de superar la visión acumulativa, es decir, los elementos llamados a conformar la destinada a ser forma actual del hombre participan del mismo en una forma íntima, han logrado enraizarse en el sujeto de una manera tan eficaz e intensa que cualquier ejercicio que pase por intentar explicar al hombre sin tener en cuenta estos elementos resulta, del todo, inútil. Estamos pues ante la superación de la interpretación de aquellos que reducen la cultura a la acumulación de una serie de herramientas con las que el hombre lleva a cabo la conquista de la realidad. Si, una conquista cada vez más elaborada, toda vez que la complejidad de esas herramientas evoluciona con el tiempo; pero herramientas a fin y al cabo.


Sin embargo, otros estamos convencidos de que la cultura es, sin dida, algo más. Como resultante del proceso evolutivo, la cultura es mucho más que el inventario de las herramientas con las que el hombre puede discernir sus competencias a la hora de afrontar su obligado enfrentamiento con la realidad. La cultura es así algo externo al hombre. Sin embargo, y como resultante del proceso evolutivo, la cultura se ha convertido en esa argamasa destinada a dar sentido, a cohesionar, muchos de esos ingredientes llamados a conformar al hombre; la mayoría de los cuales parecían, a priori, imposibles de mantener unidos.


Así, la cultura se erige en determinante a la hora de pergeñar al hombre “como resultado”, a la vez que lo predispone para conformar en él la necesaria permeabilidad imprescindible a la hora de dotar al hombre de la capacidad para dejarse influir por los factores procedentes de exterior. Un hombre sin cultura “verá la vida pasar”, en tanto que un hombre “culto” dispondrá de las herramientas necesarias para tornar en estímulos emocionantes los mensajes enviados por la naturaleza, generando con ello la curiosidad.


Una vez que nos hemos proyectado, cuando podemos mirar hacia afuera, adquirimos perspectiva. Y es paradójicamente la distancia externa proporcionada por la cultura, la que nos permite vernos a nosotros mismos, sintiendo pues y a continuación la perentoria necesidad de comprendernos. Surge así la introspección, fuente de tantas alegrías como de incertidumbres, a la vez que motivadora de ejercicios tan brillantes como los responsables de crear realidades superiores a partir de la incertidumbre propia de necesitar saber si existe algo más, algo mejor, que aquello que creemos conocer, que aquello llamado a describirnos como somos.


En consecuencia, la cultura da un paso más, trasciende al propio hombre, del que forma parte indiscutible, habilitando en el mismo la percepción de un espacio trascendental que para ser llenado (creación de una nueva forma de necesidad), requiere de procedimientos por sutiles más elevados. Se trata del espacio propio del arte, y de las formas que le son propias, destacando en el caso que nos ocupa, el de la música.


Decir por ello que la música, o las emociones en este caso llamadas a ser expresadas mediante; son un resultante litificado es, en definitiva, un oxímoron toda vez que la cultura destinada a edificar las pasarelas que unen al hombre con sus emociones, y con los elementos destinados a expresarlos resultan, ahora ya, propios de una entidad indisoluble. Por ello incluso en el caso de asumir la existencia de una forma de industria destinada a manipular las relaciones antes descritas, podríamos concluir que también ella se encuentra integrada en ese basto complejo definido, de manera que sus resultantes quedarían igualmente vinculadas.


Pero al igual que la geología puede aplicarse a la comprensión de los elementos humanos cuando éstos se encuentran involucrados hasta el nivel de herramientas, para captar formas más complejas, y por ende más sublimes, hemos de acudir a formas más refinadas…


Es la música una de estas formas. Algunos pensamos incluso, que la más adecuada. La música es una forma de orden llamada a trascenderse a sí misma. Ya sea como continente del orden máximo procedente del universo, como ocurre cuando en la música se ordenan las sensaciones del universo (lo que ocurre cuando tomamos en consideración a los clásicos que hablaron de “la música de las esferas”) o cuando la utilizamos para esbozar mapas más humildes, destinados  a hacer comprensible al propio hombre, la música nunca defrauda, pues no en vano se demuestra como la artífice de emociones y estímulos capaces de ponernos en disposición para comprender, para capturar, elementos que por efímeros o por coyunturales de ninguna otra manera podrían apreciarse.


Por ello, estoy enormemente agradecido a cuantos a lo largo de la historia han sido capaces no sólo de mostrarse competentes para entender ese orden, sino que además lo han logrado con clase. Los grandes músicos un regalo para la humanidad, y aquellos que como J.S. BACH se erigen en genios, merecen a mi entender un respeto basado en una premisa fundamental por taxativa: “Su capacidad para interpretar como nunca antes nadie lo había hecho su pasado y su presente, les erigen en arquitectos sin los cuales nuestra realidad no sería comprensible.”


Así que del hecho de que la música de BACH resulte incomprensible, inaudita o incluso luctuosa, haríamos bien en extraer un par de consecuencias. Una sería positiva, y pasaría por aceptar que nuestro actual momento histórico ha alcanzado tal grado de acopio cultural que ha sido capaz de desarrollar su acervo, lo que ha tornado en caduco el acervo previo, teniendo como consecuencia necesaria tornar en incomprensible la música de BACH. La otra, menos gratificante, pasaría por aceptar que en algún momento de nuestro tránsito por la senda hemos equivocado el camino, poniendo tanta distancia entre nosotros, y el lugar que deberíamos ocupar, que ya ni siquiera los códigos nos resultan comprensibles.


En cualquier caso, y aunque nos abonásemos a esta última interpretación, siempre nos queda la satisfacción de saber que los aspectos sobre los que incide la música, o si se prefiere, la fibra sobre la que incide, no necesita de codificaciones propensas a futuras malas interpretaciones.


En lo concerniente al uso de pseudónimo, he de reconocerle qué, efectivamente, algo de morbo hay.


Sin caer en teorías patológicas, lo cierto es que estoy convencido de que la existencia de un concepto supera con mucho al valor de la interpretación que del mismo se hace. Tal afirmación, importante cuando se aplica a objetos, se incrementa de manera exponencial cuando se infiere de personas, a las que el uso del nombre hace mucho más que nombrar, pues la identifica, distingue y por supuesto, define.


“El pensamiento piensa ideas”, con esas ideas el hombre se enfrenta al mundo, lo determina, y lo comprende. Cuando nos referimos a personas, el logro máximo se alcanza cuando se produce el fenómeno por el que la mera mención de su nombre provoca emociones… ya sean éstas positivas o negativas.


Nicolás EYMERICH es, sin duda, una figura impresionante. Se le hizo llamar con el fin específico de cumplir una misión, salvar al Alto Aragón del efecto de la herejía, y en última instancia cumplió su cometido.

Superficial sería achacarle a él la crueldad de las medidas que a tal fin fueron implementadas. La verdadera causa de terror ha de ser buscada en el fenómeno que es capaz de interpelar al hombre para que cuestiones que deberían ser impensables por inhumanas, acaben conformando un marco tan sumamente opresor, que necesita alienar al hombre para hacerse comprensible.


Así, evidente resulta que la labor desarrollada por el inquisidor, superó con mucho los “estándares” supuestos. No en vano fue la propia Iglesia a la que con tanto celo sirvió, la que desentrañó una intensa campaña destinada a borrar de su historia la figura de un hombre que cometió el mayor de los errores, el que se supone a un hombre que está tan seguro de la naturaleza en la que vive, que no necesita de explicaciones ajenas para entenderlo, siendo por ello muy peligroso, en el caso de que alguien decidiera seguir sus pasos para hacerlo.


Imaginad pues los efectos que un hombre como EYMERICH, causarían en un momento tan pusilánime como el que actualmente encierra al llamado por nuestro presente. El falso buenismo en el que nos encontramos instalados, sucumbiría con estrépito ante el discurso carente de mordaza de nuestro protagonista. Un discurso para nada original, pues las teorías destinadas a poner de manifiesto nuestra intrínseca maldad, duermen en la base de nuestra “Cultura Clásica”.


Pero es nuestro presente además de pusilánime, hipócrita. Volviendo a la lógica de conceptos, lo no pensado no se dice, lo no dicho no existe.


Por ello el problema no es el inquisidor, sino la paradoja que se genera al constatar cómo, después de tanto tiempo, su mera mención sigue ofuscando. La duda es, siempre, el fundamento de toda ofuscación.


Nicolas EYMERICH

Nicolas EYMERICH (Inquisidor Mayor de Aragón)

Cronista del Futuro, pues soy de los que sortea obstáculos convencido de llegados al actual momento de la partida, ya todas las cartas descansan sobre el tapete. Es así que el buen jugador será el competente para formular las preguntas adecuadas, pues todas las respuestas han sido ya dadas.

Jasón depositó la felicidad en una meta con forma de oro. Yo creo que la felicidad se encuentra en el camino, correspondiendo a cada uno el deber de encontrarla

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