Esto era el rey de un lejano país que tenía tres hijos.

Una tarde de verano, la familia real al completo se encuentra haciendo turismo por la capital francesa. El padre, tocado de sombrero de paja tostada, marcha adelante. Él sabrá por qué, camina con prisa –probablemente en busca de ese monumento-foto cuando alguien quiere poder decir que estuvo allí. A cierta distancia y como formando una hilera, su mujer, la reina, le sigue lo más rápido posible. Se diría que intenta darle alcance, sin conseguirlo nunca. Detrás de ella se apresuran los tres chicos, conscientes de la crítica situación. El mayor de los príncipes, hundida la cabeza entre los hombros –hombros embutidos a su vez en una camiseta algo anticuada y estrecha de sisa–, imita las zancadas de su padre, zancadas de las que cruzan precipicios en dos saltos. El mediano, con su pantalón gris ni corto ni bermuda, hace lo que puede e intercala brincos con saltitos para adelantar unos pasos. El más pequeño, el de las piernas más cortas, suda desesperado; tiene que arrastrar el peso de las plantillas y el de unos zapatones dos números más grandes que el suyo; y así, es imposible correr. En medio del silencio reinante en esta fila india, concentrada toda ella en su objetivo, el menor de los infantes profiere en valeroso grito: “¿No podríamos ir todos a mi paso?”. El padre, con gesto de fastidio –¿o quizá sea un gesto de desprecio infinito? Difícil discernir–; el padre, como digo, con gesto indefinible bajo el ala de rejilla tostada del sombrero, gira su regia cabeza apenas un cuarto, lo justo para que todos le oigan y le oigan bien, sin lugar a dudas: “¿A tu paso, gilipollas? ¿A tu paso?”.

Cristina Sánchez

Probando a cambiar la lente para mirar afuera,

pensándonos desde otro ángulo,

dinamitando el andamio reseco y oxidado que impide crecer al junco

lanzando abrazos al aire,

a ver qué pasa.

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​Escríbeme a nido@elnidocaotico.com. Pon en el asunto: Para Cristina


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