De forma recurrente aparece la idea de que en la actualidad vivimos mejor que antes y mejor que los que no son como nosotros. Que Occidente es el mejor de los mundos en relación con los demás, es una idea generalizada no sólo en Occidente, lo comparten hasta los que vienen en patera a ver qué pasa. Esta cuestión está muy ligada al debate político: el capitalismo es el mejor (o el menos malo) de los mundos conocidos.

En realidad, poco se puede decir sobre esta cuestión. La felicidad, la conformidad del individuo consigo mismo y con el entorno social y natural es una experiencia vital subjetiva, imposible de medir o de apreciar objetivamente. Es un problema inconmensurable.

Ningún historiador, antropólogo o sociólogo se atrevería a asegurar que en la Antigüedad o en la Edad Media, por ejemplo, se vivía mejor o peor que ahora. No pretenden ir más allá del objetivo legítimo de intentar reconstruir una imagen de cómo fue la Antigüedad, la Edad Media o cualquier otro mundo sujeto a estudio con la información disponible. Sin embargo, frecuentemente abordamos ese terreno pantanoso sin más apoyo que nuestra propia intuición personal, el camino más seguro para el subjetivismo.

Un correcto abordaje de este asunto requeriría definir qué se entiende por vivir mejor, es decir, indicar los valores en los cuales la gente basa su percepción de mejor vida. El problema es que los valores que indican la buena vida cambian, como es lógico, de una época histórica a otra, de un país a otro, de una clase social a otra… Habría que diferenciar esos valores por épocas históricas, clases sociales, países, sexos, edades, profesiones… Luego, habría que definir cuáles son los indicadores pertinentes y finalmente, encontrar datos fidedignos que midieran el grado de acercamiento de la situación real a esos valores en cada momento, lugar y clase social. Finalmente, habría que sintetizar en un solo dato o índice, los diferentes valores encontrados. Y si esa operación ya es difícil para una sociedad como la actual, para sociedades pretéritas, tales como la Edad Media o la Antigüedad, resultaría imposible por desconocimiento de la situación social y subjetiva.

¿Cómo medir algo tan subjetivo como la satisfacción o adhesión a una determinada sociedad cuando sólo se dispone de datos fragmentarios? Determinados publicistas demuestran la mayor calidad de vida esgrimiendo el argumento del mayor nivel de renta o la mayor esperanza de vida. Pero la pregunta es ¿asegura una mayor satisfacción subjetiva la vida con un mayor nivel de renta? ¿Son las poblaciones actuales o pretéritas con menos recursos o con una vida más simple más infelices que las poblaciones occidentales de hoy día? ¿Era la España de los años 50, por ejemplo, con un nivel de renta inferior al actual, más infeliz?

En cuanto a la mayor esperanza de vida ¿cómo pudo ser menos feliz una persona en siglos atrás en cualquier país de Europa solo porque hoy día la esperanza de vida es mayor? ¿Somos los europeos de hoy día más infelices por el hecho de que quizá en el futuro la esperanza de vida vaya a aumentar significativamente? El argumento del nivel de renta y de la esperanza de vida reposa sobre la creencia de que cuanto más, mejor. Se trata de la lógica del capital, una visión muy simplificada e ideologizada de un complejo problema.

Se manejan diversos índices que pretenden medir estadísticamente la mejoría en el nivel de vida alcanzado. El País del 27 de enero de 2020 se pregunta en una editorial si "el aumento de la desigualdad económica en todo el mundo, el deterioro del empleo y la aparición del cambio climático  [...] conducen inevitablemente a la cuestión de si las sociedades están aplicando las estadísticas adecuadas para medir la riqueza [...] La insuficiencia de los indicadores macroeconómicos como el PIB o la cantidad de empleo creado por una economía para medir la riqueza real ha estado presente en las discusiones entre economistas al menos desde la década de los noventa".

Un ejemplo de esta visión reductora es el Índice de Desarrollo Humano (IDH) calculado por la ONU. Se trata de una síntesis de tres simples datos: la esperanza de vida al nacer, número de años de escolarización y producto interior bruto. La pregunta que nos hacemos de inmediato es ¿Vivir más años es un indicativo de vida mejor? ¿Más años de escuela supone una vida más feliz? ¿Saber leer y escribir produce individuos más felices con independencia del resto de los factores? En cuanto al producto interior bruto, sucede que, en los países con menos PIB, tenidos por ello como más pobres, el número de personas que viven en economías de subsistencia al margen del trabajo asalariado y del mercado es mayor. Se trata de economías tradicionales no monetarias, en las cuales una parte importante de lo producido no sale al mercado, quedando en el ámbito de la economía doméstica. Por ello, al dividir el producto interior bruto computado entre el número de habitantes sale un número irrisorio de dólares: ¡Horror!, ¡cómo se puede vivir con menos de 4 dólares diarios! Pues teniendo una casita hecha por ti mismo, una huerta, gallinas y alguna cabra, haciendo trabajos ocasionales y aprovechando la ropa que les sobra a los ricos.

Así sale que los países con mayor IDH han sido tradicionalmente desde 1990 Noruega, Islandia, Canadá y Japón, mientras que los peor situados son todos africanos (cómo no): R. D. del Congo, Sierra Leona y Níger. En resumen: ¡cuánta infelicidad en África! ¡Qué bien nos lo pasamos en Occidente, por lo menos en los países arriba citados!

Dice José Vidal-Beneyto en Las cuentas secuestradas [1] que, como no puede ser de otra manera, los tradicionales indicadores no solo "se limitan a reproducir los parámetros principales del modelo económico liberal conservador, sino que omiten, ocultan los costes ecológicos y sociales, que su funcionamiento, arropado en el manto del concepto de desarrollo, origina". Estos indicadores no incluyen cosas tales como la precariedad y la siniestralidad laboral, la exclusión social, los destrozos naturales y el agotamiento de recursos tales como el agua y un largo etcétera. Y menos aún integran los valores subjetivos, que son los más importantes a la ho#_ftn1ra de medir el bienestar humano.

Steven Pinker, Thomas Piketty, Stiglitz y otros forman parte de los llamados progresólogos porque Christopher Ryan que "han cavado una trinchera intelectual desde la que defienden la vanguardia civilizatoria occidental, denostan el pasado como una época universalmente oscura, dolorosa y cruel y retratan a los escépticos de ese paradigma panglosiano como cascarrabias narcisistas" [2].

 En resumen, se trata de romper con la ingenuidad y la torpeza de creer que somos los mejores y los más felices sólo porque somos los más ricos. Cada forma social tiene sus aspectos positivos y negativos y responde a una evolución histórica, un entorno ecológico y un sistema de poder que determina las decisiones que afectan a la colectividad, dentro del cual, cada uno hace lo que puede. Hacer juicios y comparaciones sumarias sobre quién vive mejor solo nos lleva al conformismo y al narcisismo más cándido. Se trata de ser un poco más humildes en las apreciaciones con respecto a los demás y dejar el triunfalismo sistémico para los progresólogos y políticos del montón.

[1]           El País 14-02-2004

[2]           Christopher Ryan, Empacho de civilización: las trampas del progreso por el progreso, El País, 04-04-2020

Familia brasileña en casa-almadía en el río Amazonas (Boletín de Antropología Americana)

Autor: Paco Serrano

"Qué hago yo aquí"

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  • Carmen Risueño dice:

    Volviendo al origem, lo original, lo genuíno. Mil gracias por tu compartir


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