Anastasia y Grizella son muchachas de naturaleza abatida y meditabunda. Quizá no lo fueran en su más tierna infancia, pero la vida les ha asestado duros golpes. Primero, la muerte del padre, tan juguetón y tan bromista; inmediatamente después, la depresión de la madre que, de hacerles comidas ricas y llevarlas al parque cada tarde, pasó a encerrarse en su cuarto noche y día, para abrir su puerta solo al doctor; por último, el doctor –viudo reciente también, o eso decía– las metió a todas en el mismo lote y se las llevó a su decrépito chamizo en el pueblo. No acabaron ahí los males: venta del palacete familiar con gananciales igual a médico acomodado en constante viaje de congresos por el mundo. Y para colmo, la chacha: una joven chiflada que en sus ratos de delirio habla con las ratas y los calabacines y, encima, es guapa. La muy fresca pone ojitos a los invitados, como haciéndose la mártir.


Anastasia y Grizella, taciturnas como son, sufren en silencio y, juntas, sueñan con el día en que se reconozcan sus desvelos por la madre enferma, su sufrimiento por el padre perdido, su paciencia con el padrastro descastado y con la chacha impertinente. Algún día, creen ellas, serán aclamadas en olor de multitud por todo lo que valen.

Cristina Sánchez

Probando a cambiar la lente para mirar afuera,

pensándonos desde otro ángulo,

dinamitando el andamio reseco y oxidado que impide crecer al junco

lanzando abrazos al aire,

a ver qué pasa.

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